miércoles, 15 de mayo de 2013

AMERICA NOTICIAS-PRIMERA EDICIÓN






En el noticiero matutino «Primera Edición» del canal 4, se formuló la siguiente pregunta:

 

«¿Usted tomaría la decisión de hacerse una mastectomía para reducir el riesgo de cáncer como lo hizo Angelina Jolie?»

 

Y yo pregunto: ¿Qué mujer, teniendo riesgo cancerígeno en un seno o los dos, no se sometería a una mastectomía, más aún cuando son portadoras de la mutación genética BRCA1?

 

Sin ser un experto, considero que todas. Todas las que puedan costearse tal intervención, claro está. La pregunta formulada en sí parece ser un chiste cruel. Un chiste tan cruel que ni al payaso «Eso» (The It) se atrevería contarlo.

 

Se dice que no hay pregunta tonta, sino, respuesta tonta. Bueno, creo que la pregunta lanzada por «Primera Edición» rompe con ese dicho.

 

Es increíble el grado de estupidez que puede aparecer en la televisión. No les basta, según parece, chantarnos programas tan vacíos y oscos como Esto es Guerra o Combate o Amor, Amor, Amor o La noche es mía o Play o…bueno, no acabaría, sino que además, de los programas que se dicen ser “serios” -como lo debería ser un canal que ofrece noticias- tengamos que soportar las preguntas tan estúpidas como la de hoy.

 

A menos que me equivoque, o que haya respondido una emo, de esas que les llega literalmente su vida a la punta de la teta, todas las mujeres habrán respondido con un redondo y enfático: «¡Obvio!, ¡huevón! No me quiero morir…» En efecto, no hay que ser oncólogos para saber que si alguien no se opera oportunamente el mal cancerígeno que lo aqueja, sea hombre o mujer, tiene los días bien contaditos. Salvo, como les digo, que se aparezcan aquellas que nunca faltan, las antisociales, a las que todo les apesta y cuya existencia vital tiene la misma importancia que la bandera de EE.UU en la luna, ni un carajo.

 

Por supuesto que no me sorprende en lo absoluto que el monigote de Federico Salazar haya formulado en tono serio e intelectual semejante pregunta.


Ahora se entiende pues, y es que si él, que es el líder del noticiero, la imagen visible del espacio, pregunta semejante tontería, comprendo entonces por qué los periodistas que están en la calle capturando el preciso momento de la desgracia hacen la clásica pregunta: «¿Cómo se siente?»

 

En serio, no es de risa. Da miedo. Una señora pierde a su hija, la hallan luego muerta, descuartizada con signos de haber sido salvajemente torturada, y la pregunta que hace el periodista, la primera que formula es: «¿Cómo se siente?»

 
Cómo crees que se va a sentir la pobre señora, ¿Contenta? ¿Alegre? Qué respuesta espera el preguntante:

  

Y bueno... me siento muy bien, vera usted. Perdí a mi hija, pero bah, la vida continua. ¿Qué, una chelita?»

 
Señora, ¿usted de haría una mastectomía para no morir de cáncer?

 
Que va ser...si me tocó, me tocó, y punto. Aguantaré los dolores inhumanos propios del mal cancerígeno. Tengo mucho quehacer como parar operarme las tetas, vera. Prefiero que mi familia me vea como me va consumiendo el cáncer»


 
En fin, éstas y muchas otras estupideces es lo que nos ofrece la televisión peruana, luego se quejan de uno por andar viendo únicamente películas por cable. Bueno, ya tienen la respuesta.

 
 
Y por si no me cree, les dejo el enlace:

 


 

Qué duda cabe los burros, además hablar de sus orejas, también formulan preguntas estúpidas.


¡Ah! Y también dan las noticias.

 

Lima, 15 de mayo de 2013.

jueves, 9 de mayo de 2013

Ay Señor Juez...



 



 

Hoy amanecí molesto. ¿Por qué? Bueno, el Décimo Quinto Juzgado Civil de Lima declaró el abandono de un proceso del cual soy abogado. El Juez en su resolución dice que por “falta de interés e impulso” se ha concluido con el mismo y, por tanto, lo han mandado a archivar.

Gracias a esa payasada tuve que ir temprano al Edificio Alzamora Valdez y hablar directamente con el Juez que firmó el Auto. Para estar a tiempo en el juzgado no fui al gym, lo cual me cabrea de sobremanera, ya que para mí, ir al gym, es algo sagrado. Una actividad que me tomo muy en serio. Voy de 6am á 7am.

Pero hoy, miércoles 08 de mayo de 2013, no fui porque al Juez, cuya imparcialidad y conocimientos jurídicos procesales han quedado en duda total, decidió archivar mi caso. Sin embargo no todo fue amargura; tomé el colectivo (La 87) y me dio un lindo y turbulento paseo por la Av. Bolívar, luego por la Av. Salaverry, luego entró al Cercado de Lima y empalmó la Av. Abancay, aquella que es el Gran Pilar de la “reforma del tránsito limeño”, donde nuestra alcaldesa, con un reportero y cámara en mano más otro monigote representante de la Municipalidad de Lima, únicamente demora 15 minutos en recorrer toda la Av. Abancay. Pero olvidé meter en mi maletín a la burgomaestre, al reportero, la cámara de filmación y también olvidé pasar por mi representante municipal, razón por la cual demoré más de 50 minutos. Qué imbécil soy. Bueno, a la próxima no los olvidaré, juro.

Les comentaba que no todo fue amargura, y es que estado frente del Edificio Alzamora Valdez, me topé con una maratón. «¿Qué?  ¿Una maratón en la Av. Abancay? ¡No wey!», pensé. Lo peculiar es que los competidores, damas y caballeros por igual, estaban vestidos con ropa elegante; las damas con su falda y saco slim fit ajustada a sus esbeltos y rolludos cuerpos, y los caballeros, por su lado, con saco y corbata en tonos chillones. Comenzaban a correr rebasándose unos a otros, birlaban los obstáculos que la calle les ofrecía, era un verdadero espectáculo verlos como hormigas dispersas, sudando la gota gorda por llegar a la meta. Pensé por un rato que me había metido en medio de un comercial o algo por estilo «Ta´mare... Falta que me llamen la atención por arruinar la toma». Me equivoqué. Mi celular marcaba las 8.24am. Mostré mi carné de abogado e ingresé al edificio. Ingresé por fin al monstruo de los juzgados civiles, donde millones de personas depositan en nuestros bacanes jueces las penosas causas que los taladra día con día; ingresé al edificio mágico, aquel donde el solo hecho de trabajar para él, te obsequia ¾sin requisito alguno, sin desvelarse una sola noche, sin acabar siquiera un libro sobre derecho¾ un título honorifico, el ser Doctor. ¿No creen? Pongan atención y verán. Me dirigí al ascensor y me sorprendí al reconocer varios rostros, todos muy agitados, con el semblante por los suelos, con las cienes palpitando a mil, con lengua fuera cual corbata, con la vestimenta desalineada y con los cabellos alborotados. ¡Joder!, eran los mismos que estaban haciendo la maratón en la Av. Abancay.  «¡Ey! me engañaron... No se trataba de una maratón ni de un corte comercial. No. Eran los trabajadores del Poder Judicial que habían llegado tarde a su centro de labores. Qué tales conchas pues. Su hora de ingreso es a las 8am. De razón pues, ahora comprendo por qué tanta adrenalina allá fuera. Irresponsables»

En verdad fue muy gracioso ver cómo se atropellaban unos a otros y cómo hábilmente esquivaban a las personas que se interponían entre ellos y su centro de labor. Corrían como un jabalí perseguido por una leona.

Fui directo al piso 15 e hice mi fila para hablar con el Sr. Magistrado. Luego de 20 minutos hablé con nuestro administrador de Justicia. Al entrar al Despacho Judicial me dio la bienvenida un olor a guardado, un olor tan indeseable que combinaba tranquilamente con los aspectos propios de un hueco donde se pierden las esperanzas, las fe, y donde solo reina el desorden, el fastidio y la mediocridad. El Magistrado al verme, me señala la silla. Él se encuentra sentado detrás de una mesa cuadrada llena de documentos y expedientes pesimamente cosidos y con las páginas a medio salir, a su mano izquierda se alza una pequeña Cruz seguida de una inmaculada Biblia, al costado una campanita de té. «¿En verdad harán justicia en nombre del Señor?» . De pronto, al ver al Juez entre dos pilares inmensos de expedientes amarillentos, viejos y olvidados, me vino la imagen de Sansón, y es que de cierta forma ellos (los jueces), están dotados de una fuerza sobrehumana para hacer que la justicia (divina o ciega, y muchas veces, justicia ignorante, o las peores, justicia estúpida) recaiga sobre los mortales, pero que muchas veces son lacayos de su propio poder, y terminan como Sansón, acaecidos por los propios pilares que lo adornaban y que tanto presumía.   

¾Buenos días Sr. Juez. Mi nombre es Luis Carballo Cavallini¾ dije en tono fuerte pero amable. Me presenté estirando la mano. El Juez es un nombre de madura edad, es de aspecto ordinario, su rostro no tiene gracia pero ni por si las dudas. Viste una camisa cuyo color en algún momento debió ser color blanco, pero que sin embargo hace juego con los expedientes que lo adornan. Y ojo con esto, en verdad esos expedientes, adornan.

¾Buen día¾ dijo respondiendo mi saludo y dibujando un gesto muy vagamente parecido a eso que le llamamos sonrisa. Su voz era baja y pausada; al estrechar su mano con la mía a penas y la apretó. Me revienta que un hombre te salude como damisela ¾Dígame en qué lo puedo atender…

¾Mire usted, vengo en relación a la Resolución N° 40 que nos han notificado el día de ayer; en ella resuelven el abandono del proceso por una supuesta falta de interés por parte nuestra. Lo cual señor juez, no es cierto¾ le dije con voz alta con la intención de que su especialista, el webastriste que redacto tan nefasta, absurda y grosera la resolución escuchará también mi queja.

Con gesto de indulgencia, como si me estuviese regalando un poco de su imperdible y valioso tiempo, y estirando nuevamente su delicada y pequeña mano, me pidió la resolución y la ojeo rápidamente. Su semblante y cambiando con cada renglón leído, sus ojos reflejaban admiración. «Bien carajo. Se está dando cuenta del error. Bien…», pensé. Pero leía con la parsimonia digna de un pontífice a punto del retiro, como si yo tuviese todo el tiempo del mundo ¾«Vamos papito, mi sobrina de siete años lee más rápido, déjate de joder, vamos…»¾. Al terminar la tercera hoja, y recuperando la postura, dijo con vos orgullosa y enaltecida:

¾El abandono del proceso se da cuando, entre otras cosas, han pasado más de cuatro meses y no hay impulso de la parte demandante; por ello es que se ha decretado el abandono ¾dijo el juez devolviéndome la resolución a la vez que en su rostro se dibujaba una mueca de satisfacción, como si estuviera impartiendo catedra. Acto seguido agrego:¾ A menos claro que haya una actuación o impulso que le corresponda al juzgado, en cuyo caso el abandono no procede¾ Puntualizó.

¾Me alegra que lo mencione señor Juez. Y es que precisamente se ha decretado el abandono cuando hay en autos dos actos procesales pendientes por parte del juzgado¾enfaticé¾, el primero de ellos es en relación a la nulidad que formulamos contra la resolución N° 35 el día 15 de agosto de 2012, la misma que se corrió traslado al demando por cinco días, fue debidamente notificado y a la fecha no absolvió el traslado; y, de otro lado, el juzgado no se ha resuelto nuestro pedido de nulidad.

El Juez me miraba incrédulo. De reojo, chequeaba cuántos más estaban haciendo fila para ser atendidos por él.  Se recogió las mangas de su percudida camisa blanca, se mojó los labios e hizo una mueca, algo quería decirme, pero me le adelante:

¾ Además­¾ continué¾ mediante resolución N° 38 han nombrado a un perito oncológico, quién hasta la fecha no ha aceptado el cargo. Razón por la cual el juzgado deberá, o bien reiterar al perito para que acepte y juramente el cargo o, haciendo efectivo el apercibimiento decretado, subrogarlo y nombrase a uno nuevo. Como vera señor Juez, hay dos actuaciones pendientes de resolver por parte de su despacho. Razón por la cual el abandono es improcedente. «Chúpate esa flor magistrado. Por cierto Magister en qué, ¿en procesal civil?, con esa resolución, lo dudo»

¾ Uhmmmm. Si es como usted dice ¾ contestó el juez enderezando nuevamente su postura ¾ lo que cabría entonces, en estos casos, es interponer nulidad contra la resolución N° 40. Y nosotros…resolveremos según sea el caso.¾ Terminó la frese a la vez que recibía lo que parecía ser un Auto, a penas y lo ojeo, fue directo a la última hoja y sin más reparos le estampó su sello y acto seguido dibujó una firma exageradamente grande e innecesaria (¿Me quería sorprender?), y sin más trámites, se la devolvió al regordete sujeto con cara de hurón que no dejaba de mirarme. « ¡Ahí está el detalle! Este Juez firma cualquier documento que le presenten. Es tan vago que ni siquiera se digna a leer lo que autoriza. Allá va otro Auto destinado a cabrear al demandado o al demandante. Y claro, si hay algún roche, el Juez, haciendo el pendejito, le trasfiere la responsabilidad al Especialista o Secretario o Pinche o Practicante o Secigrista, o lo que fuera. Total, al fin y al cabo, por cómo resuelven, son la misma mierda»       

¾ Es una opción señor juez, y la estamos analizando.¾ me adelante en tono intelectual, y carraspeando la garganta, agregue: ¾ Pero dado que las observaciones, las cuales son notoriamente visibles, ¿no sería mejor que de oficio plantearan la nulidad de la resolución N° 40, y con eso, en virtud de la economía y celeridad procesal, evitar la demora innecesaria que acarrearía el trámite de la nulidad?

El Juez abrió los ojos como platos, formando una impecable eme en sus delgas y negras cejas, y con voz ligeramente firme e indignada, en son de despidida, afirmó:

¾ Nooo. En ese caso…lo mejor es que interpongan su apelación.

¾ Eso haremos. Gracias por su tiempo señor Juez¾ Me despedí de inmediato, no quería estar más en esa mazmorra, en ese hueco lóbrego lleno de documentos y casos in resolver. No vaya ser contagiosa esa forma de pensar que tiene este juez y me convierte en un paria más, así que dándole nuevamente la mano, me retiré casi brincando.

Jueces como él, hacen que la justica, si es que la hay en nuestro país, sea una burla, una fantasía, un imposible. En efecto, puedo o pude solicitar la nulidad de  la resolución 40, claro, pero también de oficio el juez puede o pudo anularla y con ello ahorrarnos el tiempo muerto que demorará formar el cuadernillo de apelación y que ¾ cuándo se le hinchen las bolas al especialista o al secretario para elevar el expediente al juez superior¾ pasen más de cinco o siete meses para que nos den la razón; es un acto cruel, una falta de responsabilidad por parte del juez y sus secuaces. Qué tanto miedo le da actuar de oficio y enmendar su error, su descuido o el descuido de sus pinches. Al contrario, enaltecería, en algo, la mellada imagen del Poder Judicial, sin embargo se mean, se zurran cuando tienen que poner mano firme. Es un atropello por demás denigrante que hagan esto con los justiciables. Interpuse apelación, sí. Ya que de haber interpuesto nulidad, fácil el cobarde y pelotudo Juez me la declaraba infundada y, luego, cuando hubiese querido interponer, recién, apelación contra la resolución 4o, me salga con «Improcedente por extemporánea». Menudos Jueces los que tenemos como administradores de justicia. Se hacen pichi los cabrones a la hora de aplicar la verdadera justicia.

«Juez y la pita que te trajo. Por eso saludas como damisela, por eso saludas con inseguridad, por cobarde, por mezquino, por sucio, por ser un pusilánime que se caga de miedo. Es increíble que estos granujas sean los concítenlas que imparten y administran justicia, es increíble también que nuestra justicia esté a la suerte de un tarado que firma cualquier verdura que le pongan en frente, es imperdonable que nuestra justicia esté en manos de quienes sintiéndose omnipotentes resuelvan lo que les parezca o venga en gana sin hacer previamente un estudio de lo actuado en el proceso.

 Y te llamamos Juez, bah, vergüenza, así deberíamos llamarte”.

 

Lima 08 de mayo de 2013.

 

 

viernes, 3 de mayo de 2013

SÍ. SOY UNA NENA ¿Y?


 


Ricardo y Brisa son una pareja con un poco más de dos años de matrimonio. Es una pareja joven a decir verdad. Se conocieron en la primavera del año 2001. Para Ricardo fue amor a primera vista. Para Brisa fue amor después de siete años. Se llevan bien; ambos son dueños de un sentido del humor magnifico, él la acosa con sus bromas y ella bromea haciéndole creer que le agradan sus bromas. Se aman, no cabe duda. Ahora son padres de un bello, robusto y pelón bebé. El vástago de la familia ha afianzado, aún más, el amor que se juraron hace más de dos años. Tienen pocos amigos. Los que tienen son los primos de Ricardo. Suelen reunirse cada cierto tiempo; ahora son menos que antes. Un buen día quedaron en reunirnos los primos para conversar y pasar un rato agradable. La casa elegida para la ocasión fue la de unos primos recién casados. Unos cuantos primos quedaron en reunirse previamente en un supermercado ubicado en la Av. Arequipa, en el distrito de Miraflores. Como es usual en Ricardo y Brisa, llegaron con veinte minutos de anticipación. La noche era agradable para ser verano; había algo de tráfico en la calle, pero nada comparado con la hora punta. Para no aburrirse en la espera, decidieron ingresar al supermercado. Ricardo se dirigió a paso veloz hacia los Dvds que estaban en buena oferta. Había algunos muy atractivos, por ejemplo «El hombre de tiempo» con Nicolas Cage, o «Un gran chico» con Huch Grant, entre otros, todos a muy cómodo precio, veintinueve soles ¾¡OFERTÓN! ¾ Pensó Ricardo al tiempo que se le  dibujaba una leve sonrisa de niño travieso, pero luego, al leer el reverso de los Dvds, ninguno tenía la opción de castellano como opción de lenguaje.

Gran decepción.
Brisa, como buena madre, se dirigió a ver las ofertas de pañales y accesorios para bebés. No es que Ricardo no se preocupe por ésos detalles, pero sabe que su amada esposa los hará por él, entonces, para que hacer algo de dos cuando uno solo lo puede hacer bien, y quizá mejor, ¿no?
¾ Amor. Voy a la sección de ropa¾  Dijo Ricardo a Brisa mientras ella cogía un conjunto de pantalones para bebés.

¾ Ya. En un rato te alcanzo¾  Precisó sin darle cara. Estaba concentrada en la ropita para bebé. Qué linda madre, dijo para sus adentros el buen Ricardo, y se fue sigilosamente al área de caballeros.
Comenzó inspeccionando la ropa deportiva. Había buena oferta también, pero ninguna llamaba su atención. Luego vio el calzado para caballeros, todos bien a primera vista, sin embargo, se notaban que luego de cierto uso ligeramente prolongado, tendría que enviarlos al zapatero, pues por la suela que tenían, tarde o temprano, acabarían como sandalias. Y obviamente invertir en algo a lo que luego le tienes que gastar más, no es un buen negocio, o en este caso, una buena compra.

¡Next! 
El supermercado se encontraba completamente limpio y ordenado, era fácil pasar por los pasillos sin ningún problema. Todas sus cajas estaban funcionando, no había mucha gente esperando pagar sus productos. Eso es bueno. Y es que Ricardo siempre ha corrido con la mala suerte de toparse con largas y lentas colas al pagar. Y si encuentra una con poca gente, a las cajeras se les cuelga el sistema, o los furtivos compradores pagan con tarjeta de crédito o hacen cambio de cajera o paran unos minutos para entregarle cuentas a su superior y puedan retirar el activo acumulado y así no verse perjudicado en un eventual asalto. Es una forma de protección, pero jode pues.
Mientras tanto, Ricardo seguía en la faena de gustar los diversos accesorios que el supermercado le ofrecía. Hasta el momento todo tentador, pero nada concreto; nada que justificara empobrecer su delgada, desgastada y vieja billetera negra. Llegó por fin a su pasillo predilecto, los jeans. Y ¡oh, Milagro! Lo vio. Sí, era él, no había dudas: el jean que por mucho tiempo le fue esquivo, aquel que cual alfiler se escondía entre el pajar, por fin lo halló, y lo mejor de todo, en oferta. «Bien carajo. Serás mío». El ejemplar es un vaquero color azul marino, desteñido con rasgados en la parte delante, la caída del jean era perfecta, y lo más exquisito, es semicampanado. Y es que en verdad le molestaba que ahora todos los pantalones ya sean de vestir o urbanos, fueran pitillo. Qué moda para tan fea, en serio que sí, le decía una y otras a vez a su esposa. Para Ricardo era completamente desagradable el estilo pitillo. Definitivamente hay a quienes le va y a quienes no. A Ricardo, no. Bueno, ahora la prueba de rigor, que sea de su talla o que haya de su talla. Tomó el 32, se lo probó. Muy holgado. Se probó el 30, excelente. Se ajusta a su forma de caderas y piernas, y aun mejor, queda justo con el largo de sus piernas. «No tendré que subirle basta» se dijo. Se le hizo raro encontrar dicho ejemplar en un supermercado. Usualmente se encuentran en tiendas especializas, sin embargo era el vaquero que andaba buscando hacia buen tiempo. Hoy en día, Ricardo tiene una obsesión por los jeans, y es que por muchos años le fueron esquivos. Vivía peleado con ellos. Cuando niño usaba uno que otro jean, pero cuando cumplió doce años y comenzó a subir de peso, engordando sus caderas, sus entrepiernas y sus nalgas, le dijo adiós. Comenzó entonces a usar puro pantalón cargo, y es que para los gorditos, esos pantalones, holgados y completamente anchos, son muy cómodos. Y claro es que ayuda a disimular la redonda silueta. Por eso, cuando bajó de peso y se probó un vaquero sin el temor de verse como una bataclana más, como un cachalote más, comenzó su colección de vaqueros. De hecho tiene más de veinticuatro, y espera seguir incrementado la cuenta.
Pero no todo estaba listo para Ricardo. Como buen esposo no quería hacerse de algo sin el visto bueno de su esposa. Y es que para ser honesto, le gusta usar algo que sabe que a ella también le gusta. No es que dependa de sus gusto o exigencias, ¡no way!, pero le gusta vestir bien, pero más le agrada saber que las personas que le importan se sientan confortables tanto con su presencia como con su vestimenta. Así pues, buscando la buena pro de su querida Brisa, se quedó con el pantalón puesto.
¾Amor. Acá estoy¾ Ricardo notó que su esposa no llevaba nada en la mano, señal de que lo buscaba en el área de bebés, no le gustó.
¾¿Qué fue, amor… llamó alguno de tus primos?
¾No…pero mira, ¿qué te parece? ¾Le dijo alzando los brazos y quebrando su pose para que pudiera apreciar jean que llevaba puesto.
¾¿Qué me parece qué? ¾Respondió Brisa de manera desinteresada. Su rostro dibujaba una expresión de indiferencia.
Ricardo abrió los ojos como platos. Cómo es eso de ¿Qué me parece qué? ¿Acaso no se percató del cambio de pantalón? Y es que era obvio. Para la reunión con los primos vistió un jean color negro y cuando le dio el alcance en el pasillo de caballeros vestía un vaquero color azul. O sea, ¡hello! Es decir que ni siquiera se había dado cuenta de cómo iba Ricardo vestido ese día. Joder. Qué mala leche. Sin embargo, Ricardo no perdiendo la paciencia, y carrasqueando ligeramente la garganta, precisó en tono grácil:
¾El pantalón, pues amor. ¿Qué más?
¾Ah… ¿Qué tiene?­
¿Qué tiene? O sea, ¿cómo? Si lo llevo puesto es por algo, es porque me agradó, me lo probé y quiero saber qué opinión te merece. Qué más podría yo hacer calzando un vaquero en un supermercado. No hay que ser genio para darse cuenta, pensó Ricardo manteniendo la calma.
¾Este…es como los que he estado buscado, ¿recuerdas? Y mira dónde lo vengo a encontrar, raro ¿no? ¾Lanzó dibujando una enorme sonrisa burlona.
¾ ¿Lo piensas llevar?
¾ Sí. Bueno, eso quiero. ¿Te gusta? ¾ Repuso nuevamente, ahora con una media sonrisa en la cara.

Ya comenzaba a irritarse.
Brisa, fiel a su carácter, le respondió con rotundo y redondo no. Le dijo que no le gustaba el jean. Lo dijo así, a secas, como si se tratara de cualquier verdura. «Pero amor…está chévere», decía Ricardo en su defensa. No dejaría ir el ejemplar tan fácilmente, se aferraba a él como el pescador a su pesca. Pero ella se aferraba a su posición. No le gusta y no había forma de que cambiara de opinión, punto. El semblante de Brisa cambió bruscamente, y a medida que pasa el tiempo su rosto se tornaba fastidiado, incomodo. Ricardo, por otro lado, estaba bajoneado. Había encontrado el vaquero y a ella no le gustaba. Pero le hubiera mentido, ¿no? No es que le gusten las mentiras ni nada por el estilo, pero hubiese adornado un poco su decisión. «No amor. Hay otros más lindos…» «Amor, está lindo, pero prefiero en otro color…» «Amor, no es la ocasión, hoy reu de primos...»
No llevó el vaquero que tanto había buscado.
Luego, ya concluida la reunión de primos, estando en casa, Ricardo se fue directo a la ducha, se aseó, se lavó los dientes, se puso pijama y se echó a la cama. Brisa le dio el encuentro varios minutos después. Él seguía triste por no haber enriquecido su colección de vaqueros. Le gustó mucho la prenda, debió haberlo comprado sin tomar en cuenta la opinión de Brisa. Total, a quién realmente le debía gustar o no era a él y a nadie más. Además, la pasta para comprar el vaquero era de Ricardo. Y ahora lo sabe. Él sería quien lo presumiría por la calle, ella no. Pero eso le pasó por bueno, por complacer, por ser democrático. Por ser un huevón.
¾¿No piensas hablarme? ¾Le dijo suavemente.

Ricardo, que estaba en pose fetal, la ignoraba por completo. Estaba en su esquina de siempre dándole espalda. No emitió palabra alguna.
¾¿En serio no me vas hablar? ¾Insistía Brisa con cierto sarcasmo en sus palabras.
¾
¾Ricardo. Te estoy hablando ¾Brisa cambió de tono; sonaba ahora como una esposa insatisfecha.
Ricardo volteó y le dijo que no pensaba hablarle. Luego reflexionó sobre su estúpida respuesta: «Para qué rayos le hablo si no pienso hablarle». Brisa le miró fijamente a los ojos, sus cejas forman una perfecta eme, sus labios se apretaban entre sí. Sus aletas nasales comenzaban a vibrar de manera febril. Alzó la mano derecha y le señaló con el dedo acusador, Ricardo, esperando cualquier reacción majadera, le volvió a dar espalda cuando se escuchó una tremenda carcajada.
¾HA, HA, HA, HA, HA, HA, HA ¾Brisa ríe sin parar, sin disimulo alguno. Ricardo estaba desconcertado, pensó en todo momento que le saldría con frases típicas de: «Ya madura». «Ay, por un jean te pones así. No jodas». «Ay que ridículo eres», pero no. Nada eso, su risa seguía y seguía.
¾¿Qué tanto te ríes? ¾Encaró por fin Ricardo clavándole los ojos a su amada.
¾De ti pues… ¿de quién más?¾ Respondió Brisa, que mascullando cada palabra. Las carcajadas se atoraban en su garganta. En sus ojos asomaban unas lagrimillas y, arreglándose el cabello, agregó:
 ¾Es que deberías verte. En serio. ¡Cómo no te grabé para que te vieras por Dios! Me has hecho la noche Ricardo. Ha, ha, ha, ha. Ay amor. Todo porque te dije que no me gustó el jean. Y es verdad amor, no me gustó, pero, bah,  si a ti te gustó, lo hubieras comprado pues. Ha, ha, ha, ha…ay amor, ha, ha, ha, en serio que pareces una nena…
¾Claro. Pero no hubiese sido para ti  la prenda que me hubieses reventado las pelotas hasta que saliera de mí un: «Sí amor, me gusta. Te ves divina. Ni mandado hacer, hija. Llévalo ya» ¾Se atrevió a decirle Ricardo quien se encontraba altamente cabreado, con las sienes palpitando por la indiferencia de su amada. En efecto, ella le hubiese sacado un “sí, me gusta” a su esposo. Pero ella no. Ella no se apiadó de Ricardo y lo sentenció desde el inicio.

Brisa no respondió la directa de Ricardo. Ella, que no llevaba carga alguna en su conciencia, se echó en su lado de la cama, se tapó medio cuerpo como de costumbre, y dando un largo y grotesco bostezo, planchó oreja.
Brisa tenía razón. Si a Ricardo le gustó el vaquero debió entonces comprarlo, y punto, caso cerrado. Pero no, por tener una consideración amable salió perdiendo. Pero… ¿Qué hubiese pasado de haber sido al revés? Qué tal si ella le preguntaba sobre algo en particular y él le daba ese tipo de respuesta, obvio no le hubiera agradado. Es verdad. Y que decir cuando los amados esposas o enamorados o novios, o agarres, no se dan cuenta de su cambio de look, del nuevo bolso que compraron o cuando se pintan las uñas y se ponen monas para ellos o para la ocasión. «Eres un insensible» «Ustedes los hombres no se dan cuenta de nada», son algunos de sus clásicos reproches. Ellas sí tienen el derecho de molestarse cuando ellos no opinan favorablemente sus elecciones. Ellas sí los pueden mandar al cacho. A caso la vanidad es un pecado exclusivo de las mujeres, ¿eh? No pues. Los caballeros también son vanidosillos, claro que sí. Les agrada verse bien y sentirse bien. Les agrada que les digan que lo que llevan puesto les cae a pelo, que ni mando hacer, y cosas como esas. Ello también tienen su corazoncito y les gusta sentirse alagados. Así que bueno, si la vanidad es un pecado que sólo las nenas se puedan dar el lujo de tentar, diríase pues, que orgullosamente, todos los caballeros llevan una nena en sus adentros.

Así es…
¾Sí. Soy una nena, ¿y? ¾Juró Ricardo teniendo como testigo la oscuridad de su cuarto, y siendo el silencio burlón adornado por la bulla callejera, echó a dormir a lado de su jodida, pero amada compañera.

 

Lima, 03 de mayo de 2013.

 

 

 

 

jueves, 18 de abril de 2013

Amor gatuno...



Muchas veces para ofender a una persona o menospreciarla, solemos llamarlos Animales o Bestias. Así pues, quién no ha tildado de perro a un sujeto cuyo comportamiento es socialmente reprochable; un ejemplo de ello lo podemos encontrar en una sencilla conversación:

María: Oye. Te enteraste. Ése que va allí le adorna la cabeza a su esposa. Le saca la vuelta con ésa largartona.

Alejandra: Qué mal. Ese tipo es un vil perro.

Otro claro ejemplo sería:

Mario: Ey. Te enteraste; la mujer de Antonio es una zorra... Lo engaña con el panadero.

Beto: ¡Joder! Qué mala leche. Es una perra cualquiera.

Ejemplos como esos abundan y la imaginación y creatividad es infinita. Podemos comparar a las personas con el animal que queramos sin ponernos a pensar si es que realmente nosotros somos los “ofendidos”. Paquita llamó a su traidor rata de dos patas. Ha decir verdad, los pobres animales pagan los platos rotos de los demás: qué culpa tiene el burro de que lo comparen con un sujeto cuya maxilares son iguales de pronunciadas a las de él. Qué culpa tiene el chivo para que lo usen como sinónimo de maricón. Qué culpa tiene el tiburón para que lo comparen con un abogado, qué culpa tiene la vaca para compararla con una gorda mofletuda, etcétera.

Sin embargo, por una extraña sensación, casi de satisfacción, nos encanta rebajar a los demás con dichas comparaciones, creyendo, como ya lo dije, que los ofendidos somos nosotros. Si pudiera hablar cada uno de los animales mal comparados...¿qué dirían?

¾“Qué culpa tengo yo que tú esposo te haya engañado y abandonado, gorda de mierda”.

La rata de dos Patas".

¾“No es problema mío que ése tipo o ésa fulana tenga confusiones con su identidad sexual.

El Chivo”.

¾“Qué culpa tengo yo que ése huevón sea tan muelón.

El Burro".    


Y es verdad, qué culpa tienen los pobres animales de las estupideces que hacemos nosotros; ellos (los animales) actúan por instinto; salvo algunas excepciones, razonan, reflexionan y actúan. Nosotros, no. O bueno, no en teoría. Al ser la persona un ser racional, debería pensar primero en las consecuencias que conlleva tomar una decisión, dar un paso, abrir la boca, tocar algo o a alguien; tenemos la habilidad de pensar antes de actuar, y no lo hacemos. Tenemos la facultad de descernimiento, y pese a ello somos capaces de no ver el muro contra la que nos estrellaremos. Y eso, mis estimados, no es nada. La cosa empeora cuando te “enamoras” o crees estar “enamorado”, pues al estar bajo el influjo del amor, creemos que todas las estupideces que decimos y hacemos están justificadas. Grave error. ¡Qué horror!

Claro, la culpa no es de cupido y su vendita o desgraciada flecha ¾ según lo vean, claro está¾. La culpa es sobre quién o quiénes caen la flecha y los efectos que ellos, los afectados, tengan ente las consecuencias del amor. Por ejemplo, cupido flechó a William Shakespeare y este fue capaz de escribir una obra tan majestuosa como lo es Romeo y Julieta; por ejemplo, a Miguel de Cervantes lo inspiró para crear a Don Quijote de la Mancha; personaje conocidísimo por el amor puro y valiente hacia su Dulcinea; Neruda, en nombre del amor, escribió los versos más tristes que una noche puede inspirar; Mario Vargas Llosa, escribió las Travesuras de una Niña Mala que, en el nombre del amor, hizo sufrir a un adolescente, joven, adulto y anciano Arturo Somocurcio. No se puede negar que el amor es el gran culpable de obras tan magnificas como las que acabo de señalar, también es el culpable de las canciones románticas, sino, cómo explicar la bella canción de José José, Amor, amor; o la tan aclamada Las Puertas del Amor del gran Nino Bravo. Sin el amor, Julio Iglesias no sería el cantante latino con más ventas a nivel mundial ni hubiese sido reconocido por los Record Guinness. Y así por el estilo, podemos nombrar un sinfín de hermosos ejemplos.

Pero también, el amor, es el gran artífice de gloriosas aventuras que terminan en tragedias ¿No lo creen? Pregúntenle a Dorian Gray. Romeo y Julieta también forma parte de ello. Troya ardió y fue destruida por el amor prohibido hacía una mujer.

Pero… ¿Qué rayos? Comencé hablando de los animales, del hombre y sus estupideces, y finalmente sobre el amor y sus consecuencias. ¿Todo esto tiene sentido? ¿Nos llevará a algo? Bueno, sin temor a equivocarme, creo que sí. ¿Cómo? Bueno, ahora trataré de explicarme.

A veces pienso que nosotros deberíamos amar como lo animales. Si, sería una buena idea. No se sufriría mucho y viviríamos más tranquilos. Vamos a dar el ejemplo de dos animales domésticos: el perro y el gato.

A mí me encantan los perros; del gato admiro su tremenda agilidad y destreza, pero de saber que comen cucarachas, insectos, moscas y ratones, joder que me pone en asco total. Sin embargo, el gato tiene lo suyo, ¡oh sí!. Un perro te va amar siempre, basta que les des cariño y comida y todo resuelto; no por nada es el mejor amigo del hombre. Puedes tener un mal día y desquitártelas con el canino, él bajará su orejas se agazapará y se meterá debajo de la mesa; bastará que le mandes un mimo y en el acto lo tendrás a tus pies moviendo la cola sin parar y sacándote la lengua; lo más probable es que lo tengas encima de ti por un buen rato. El perro es así, es incondicional, le podrás mandar cuántos juramentos quieras, pero siempre lo tendrás allí, hasta el fin. El perro, salvo muy raras excepciones, siempre estará dispuesto a jugar todo el día; dormirá un rato, sí. Pero luego te buscará como loco para echarse a jugar. En cambio, el gato, no. El gato, además de ser un ejemplar muy ágil ¾ que es lo que me gusta de ellos¾, son animales sumamente orgullosos e independientes. Muy al contrario del canino, el gato jugará contigo cuándo él quiera. Podrás llamarlo y hacerle mimos, no servirá. Quizá logres robarle un enorme y prolongado bostezo, te mire fijamente, y se marche. ¿Traer la pelota? Jamás. ¿Ir por el frisby? No hay forma. El gato decidirá si eres o no digno de su confianza, él decidirá si te deja ser su “amo”. Al perro, ante una majadería, podrás agarrarlo a patadas; se defenderá, obvio. Es un animal, pero no un tonto. Sin embargo, luego de la paliza al perro, bastará que chisques los dedos para tenerlo jadeando de felicidad a tu lado. Acto reprochable, por supuesto. Pero al gato…intenta primero agarrarlo para darle igual paliza; quizá en el intento el apaleado sea uno.  Y bueno, supongamos que logras cogerlo para darle tremendo escarmiento al felino; el gato jamás te lo perdonará, se sentirá ofendido y nunca, salvo extrañas excepciones, regresará a tu lado. Lo has lastimado, y eso, a un gato, no se hace. Has perdido la confianza que él muy difícilmente dio. Dejarás de ser su “amo” para ser un insecto más en su menú alimenticio.

Si nosotros nos quisiéramos de la misma forma en que se ama un gato asimismo, no existiría tanto desorden emocional. Sin embargo, la verdad empírica nos demuestra todo lo contrario. Qué pena. Parece ser que nos gusta el maltrato. Dónde menos nos quieren es dónde más estamos. Hay personas ¾hombres y mujeres por igual¾ que no les importa que su pajera las maltrate, las insulte, las golpee, la menosprecie, etcétera, regresan al lado de su punisher, de su castigador, regresan como lo hace la abeja a su panal. Es penoso dar por cierto la frase Más me pagas, más te quiero. Pero es la verdad, o mejor dicho, su verdad. No se dan cuenta del tremendo daño que se hacen, se aferran a un amor vacío, cuyo abrazo protector es tan letal como un tubo a fuego vivo. La mano que debería acariciar sus mejillas, es el arma de su desdicha. Pero bueno, quizá la culpa no es del verdugo, sino de ellos y de ellas que regresan cual perro faldero a la sombra del ser “amado” que los humilla y las rebaja. A esas personas deberíamos apoyarlas más, decirles que no están solas, que valen mucho y merecen respeto. Que no merecen que alguien le responda con reproche cuando le dicen te amo.

A veces, quizá, le pongo mucho corazón y me afecta lo que veo. No es mi problema, lo sé. Pero no puedo evitarlo. ¿Por qué? Bueno, porque esas personas me importan. Me importan más de lo que ellas o ellos se imaginan. Por eso me preocupo. Por eso me molesto. Por eso me cabreo. Por eso me ofendo. Por eso escribo.  Por eso a veces deberíamos amarnos como se ama asimismo un gato.       

                                                                                           Lima, 18 de abril de 2013.