martes, 19 de noviembre de 2013

EL ORIGEN






La caminata, los primos, los nombres, y las historias son inspirados en una charla coloquial que nunca existió. O tal vez sí. En dado caso, todo lo que se describe líneas abajo es mera coincidencia de una realidad ficticia. O quizá no. A lo mejor es mera fantasía fidedigna de la imaginación trastocada de un aspirante a escritor, cuya inspiración nació de un honesto paseo entre primos. O a lo mejor no. Puede que sea, y eso es lo más seguro, una travesura más de un escribidor.


LA BODA.

I.                    Camino a Mac Doland´s.

- Linda la prima con el velo, ¿no? – inquirió Sergio, el más joven y atractivo de los tres.

La calle llena de vehículos yendo y viendo a todas direcciones. Parecía un concurso sobre qué vehículo tenía el claxon más ruidoso y chillón de Lima. Los tres primos, enternados, muy elegante ellos, caminan a sus anchas por la larga Av. Benavides, en Miraflores. El sol ardiente de un futuro verano, postrado en lo alto del horizonte, les servía de guía. 

-Si oe, linda la chinita – agregó Gustavo, primo mayor que Sergio pero menor que Ricardo. De los tres, era el menos galante de vestidura-: Pero vieron la flaca rica que estaba dos filas delante de nosotros. Puta madre, por un culito así de bueno, valdría la pena ir a la cana otros tres años más. Por mi madre.

Gustavo y Ricardo cruzaron miradas. Se incomodaron. Sabían que lo escupido por Gustavo no era ninguna broma, y que era muy capaz de interrumpir a dama que se le ponga en frente si la situación lo merecía. Pero sabiendo la dualidad de su carácter, y con el afán de no sacarlo de sus casillas, porque era un verdadero cabrón cuando así se lo proponía, le siguieron la corriente.

-Más rica que comer con las manos - asintió Ricardo, con voz chillona. Tratando de llevar lo dicho por su primo hacia una broma. No lo consiguió. Pero el caos vehicular limeño le dio una mano.

Llevaban caminando más de quince minutos. El sol comenzó hacer estragos; en las sienes de los tres primos se dibujaba una tela de sudor, y en la parte del bigote, unos copos minúsculos de agua salada adornaban el rostro de los caminantes. Pasaron por un pequeño parque que estaba repleto de niños y niñas; corrían en distintas direcciones, otros se columpiaban, y otros estaban en el subibaja. Unas sombras blancas, de pequeña altura y de rasgos andinos, fungían de escolta de los rubicundos mocosos. Pasaron cerca de un quisco. Ricardo vaciló en comprar una gaseosa. No lo hizo. Gustavo observó que un vehículo venía a moderada velocidad, pero fiel a su estilo encarador, éste aceleró su andar sacándole tres metros a sus primos quedándose inmóvil en medio del paso peatonal. El auto frenó de inmediato y la cabeza del conductor bailó hacia delante y rebotó hacia atrás. De inmediato el auto se hizo escuchar.           

- ¡Qué putas tocas el claxon oe! Pasa nomás chochera – increpó Gustavo, de manera altanera. Alzó ambas manos como si espantara moscas invisibles. El Toyota Yaris 2011 color plomo de lunas polarizadas, que en su parte trasera lleva una calcomanía que decía «Bebe abordo», pasó rosando al intrépido primo. Ya lejos de él, el conductor bajó la luna, asomó su rostro, y le propinó un sonoro «RECONCHATUMADRE».

 -¡La tuya, huevón! -Juró Gustavo, uniendo sus manos hacia su boca, simulando una bocina.  

-Espera que ahorita baja y te saca la mierda, weon- bufoneó Ricardo.

-Jajajá, pelotudos -dijo Sergio, con tono burlón. Sacó su celular, miró la hora, y luego de una leve reflexión, agregó:- Oe… Me cago de hambre. Hubiéremos chapado taxi.

- No seas maricón oe culón. Estamos a treinta cuadras nomás- gruñó Gustavo.

-¡Treinta! La puta que está lejos la waaah…

- Otro maricón -dijo Gustavo dirigiéndose a Ricardo, que iba en medio de los tres-. La boda de la china estuvo bonita. Dan ganas de creer en el amor, jajajá. Lástima que se haya casado con un puto argentino de mierda.

La luz roja del cruce peatonal los frenó. Pasaron varias motos, ciclistas, y dos autos. La brisa de estos dos últimos vehículos refrescó suavemente el rostro de los tres peatones. 

-No es argentino. Creció y estudió allá.- Aclaró Ricardo, retomando el paso.

-Así es -ratificó Sergio.- No es argentino. Además, ¿qué de malo tendría que fuera gaucho? A mí me cae bien (y a mí, dijo Ricardo).  

-Siempre la misma mierda con esos crecidos. Se creen de la «puta madre». Es su tierra no  son nadie (Sergio quiso corregirlo, “no son nada”, pero calló). Lo de siempre, acá se vuelven galanes de novela, estrellas del futbol, comentaristas radiales y hasta modelos, cuando en su puta vida han sido siquiera conocidos en su patria. ¡No me jodas! Es más, acá se hacen de un nombre, vas a allá, y ni su madre los reconoce. Perú debería mandarlos a la misma mierda. Firme, causa.

De pronto se tensó el ambiente entre los primos. Gustavo estaba notoriamente ofuscado, sus palabras escupían llamas, y en cada palabra se mordía el labio inferior. Sergio agradeció hacia sus adentros de que no hubiera ningún argentino a la vista; de haberlo, hubiese acabado en el suelo, ensangrentado y hasta lisiado, producto de la salvaje golpiza que le habría propinado Gustavo. Gustavo era de esas personas que no tenía filtro al momento de hablar sobre alguien o algo, le importaba un pepino el lugar y la hora. Si tenía que poner en su sitio a alguien que no le agradece, lo hacía. Punto. Sin embargo, lo cierto era que, todo argentino famoso en Lima, raro lo sería en la Argentina. En lo que al deporte corresponde, los años 90 fue la época de la migración de ‘profesionales’ de la Segunda División del balompié gaucho que se volvieron grandes ídolos de la Primera División del futbol peruano. 

                -Mierda. Vaya que les tienes bronca a los ches. ¿Qué te hicieron? –preguntó Ricardo, dándole unas palmaditas en el hombro a su primo.

                -A mí…ni mierda. Pero a mi causa, a mi pata, lo atrasó un che hijoeputa.

                -Le metieron cuerno a tu amigo –se alarmó Sergio, que se masajeaba esa nariz recta y modesta que había heredado de su madre.  

                -No. Un gaucho vino disque egresado de la universidad de Palermo, Italia. Y lo botaron de su chamba. Todo porque el argentinito es novio de la sobrina del jefe –dijo Gustavo, con voz calmada, pero aun molesto.

                -Pero no es culpa del argentino.

                -Así es –dijo Ricardo, dándole la razón a Sergio.

                -Lo es. Ese conchasumadre tiene la culpa. Se descubrió que ese weón pidió la cabeza de mi pata. Y ahora el brother anda taxiando. Eso no se hace, firme. Mi chochera tiene familia pues, y además siempre ha sido ley. Palabra.       

El sol golpeaba fuertemente los rostros rasurados de los tres primos. Dos ellos utilizaban la palma de sus manos como visera contra los crueles rayos del sol. Sergio sentía pastosa la boca. Ricardo se arrepintió de no haber comprado la gaseosa cuando pudo, «huevón», se dijo. Gustavo caminaba con aire desafiante, sintiéndose dueño de los minutos del reloj.

Las cuadras se hacían eternas; aun así, siguieron a paso firme sin soltar un solo quejo al respecto.

                -Culón. Tú te sabes varios chistes de argentinos. Cuéntate uno pues. Para quitarle la amargura a Gustavo –invitó Ricardo, poniéndose delante de su primo.

                -Uhmm… ¿ustedes saben por qué los argentinos al lavarse los dientes, se ahorcan?

                -¿Y así tienes enamorada? –interrumpió Gustavo, torciendo una mueca.

                -Oh, perdón. ¡Ya está! –exclamó Sergio, dando un fuerte aplauso; secó el sudor de su frente con el pañuelo que adornaba su saco, y continuó:- Dicen que estaba un peruano en pleno centro de Buenos Aires: un tipo cholón, sucio y de marcados rasgos étnicos, como tú, Ricardo (pendejo, murmuró éste). El paisano andaba pasado de copas, completamente borracho el hombre. Sin importarle nada, comenzó a gritar ¡Quiero ser argentino! ¡Quiero ser argentino!, lo hacía con todas sus fuerzas, nadie lo empelotaba. De pronto, se acerca un argentino, esos con porte elegante, alto, rubio, ojiverde, fortachón y con el sombrerito ladeado, a lo Gardel, y con el acento clásico de un porteño, miró al peruano de pies a cabeza, dibujó una enorme mueca de asco, y espetó: Vos, negrito… así que querés ser argentiiiino. Pero sos un boludo; sos un hijo de puta; te metieron la poronga, sos un malparido; sos un animal; sos un pendejo; vos estás imbécil; vos sos un… ¡Aaaalto! Dijo el peruano, sobreponiéndose a los insultos. Ya no quiero ser argentino. Y el gaucho, confundido, pregunta ¿Por qué? Son muchos requisitos para ser un argentino, le dice el peruano.

Los tres primos rieron a más no poder. Se echaron a reír y a soltar carcajadas que, al oído ajeno, eran grotescas. Los tres se retorcían de alegría; se ladeaban de un lado a otro. Ricardo comenzó a lagrimear. Sergio, de piel blanca como la leche, estaba rojo como un tomate. Gustavo sacudía su cabeza de manera violenta de izquierda a derecha, tanto que sus orejas de Dumbo parecían bailar. Una señora de buen ver, que iba hacia ellos, sujetó a su hijo –pequeño de fina estampa digna de un comercial –y lo puso detrás, sirviendo de escudo protector, temiendo que los tres sujetos estuviesen borrachos. Sergio se percató de la acción y sintió vergüenza ajena. No era normal en él reír tan toscamente. Pues con los únicos que se permitía tales exabruptos era con sus primos. Era considerado «el caballerito» de la familia, un «ejemplo a seguir», decían sus tías. Y en efecto lo era. Joven, atractivo, dueño de una figura desgrasada, más bien atlética, con los músculos definidos. Su rostro era la misma imagen celestial de un ángel, de los ángeles,  o de cualquier ángel: cabellos rubios como el sol de verano, ojos azules como el cielo tisú, protegidos por unas espesas cejas perfectamente delineadas. Su boca, pequeña como un caramelo, y roja como una manzana, era la tentación de toda fémina (incluso de sus propias primas). De mentón fuerte y de mirada penetrante, había sido tentado, en más de una ocasión, para ser modelo de televisión –se dice que hasta la mismísima Gisela Valcárcel, quien era allegada al padre de éste, le imploró que fuera su co-conductor en un nuevo programa donde artistas importantes serían bailarines profesionales bailando por una causa-, de ropa, o sólo de imagen comercial. Nunca aceptó. Pero una vez se vio tentado cuando la cadena comercial Ripley le emitió un cheque por veinte mil dólares para que posase en paños menores. Sin embargo el pudor natural de Sergio fue más poderoso que los numeros vertidos en el cheque. También había sido tentado por uno de sus mejores amigos de colegio para que sea la atracción de su nueva empresa.


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                -En serio te digo, hermano, estás perdiendo plata como cancha. Ya quisiera tener tú cacharro y poder levantarme a cuanta flaca se me cruce. Firme –dijo su amigo Hernán Montalvo, joven empresario de buen olfato para los negocios. Creía firmemente que Sergio desaprovechaba groseramente el “don” con que había nacido. «Exageras, hermano», le decía siempre Sergio, ruborizado, incómodo, y, a veces, algo molesto. ¿Era verdad, ello? ¿Era cierto tal hermosura, como todos le decían? ¿Era cierto que su belleza, únicamente podía ser comparada con la figura literaria, y además ficticia, de Dorian Gray. Lo real era que pese a las constantes flores recibidas por propios y extraños, Sergio nunca fue del todo crédulo de su propia belleza. Tampoco abusó de su condición, y nunca creyó del todo lo que los demás decían de su “sobre humana” belleza. Nunca alardeó al respecto, y nunca nacieron en él esas ínfulas de «papacito de barrio» con la que otros, menos agraciados, hacían gala.

                -Hermano, es el negocio del momento. Los Quinceañeros son rentables. Más bien, los chambelanes. Contigo incrementaría el precio de mis paquetes. Tú ganarías más que todos el staff  de chambelanes que tengo. Que comparados contigo, son más feos que una mentada de madre en plena vía pública. No seas malo… -Rogaba Hernán Montalvo. Pero Sergio nunca aceptó. 


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¡Otra! ¡Otra! ¡Otra!. Coreaban a viva voz los dos primos. Sergio se preparaba pasa un segundo chiste cuando sonó su celular. Era su enamorada.

                -Sí, amor. Ya estamos cerca. Ajá. Ajá…si quieren vayan pidiendo, no hay roche –dijo aun soltando uno que otro espasmo.

                -Con esa cara de «niño bien», como dicen las tías, quién diría que cuentas chistes colorados. Bien ahí, primate. –Felicitó Gustavo, mientras se limpiaba el sudor de la frente con la solapa del saco.    

                -Cierto, primo –premió también Ricardo. Sacó una servilleta que halló dentro del bolsillo del terno, y secó sus lágrimas. –Pero de otro lado, no todos los argentinos son mala onda.

Pasaron frente a un supermercado, uno que perteneció a una familia de descendencia oriental cuya nombre comercial inicia con la vigesimocuarta letra y la decimonovena consonante del alfabeto español. Automáticamente sabían que estaban cerca ya de la hamburguesería donde sus parejas aguardaban con ansias.

-Eso dices tú porque la prima de tú esposa es argentina –arremetió Gustavo, haciendo un ademán de ole, de torero. Luego prosiguió:- Por cierto, la vi el día de tu boda. ¡Puta qué rica está la flaca!, causa. ¿Cuál es su nombre, Lesly, Lizbeth?

-Elizabeth –corrigió Ricardo, molesto. Y arrepentido de haber aclarado el nombre.

-Pero está casada y tiene tres hijos, si mal no recuerdo –amonestó Sergio a Gustavo, con cara de desilusión.

-Tsss…eso es lo que la hace tan rica, carajo. Una hembra casada y con hijos, me pone ardiente. –Gritó Gustavo, sintiendo turbulencias entre sus piernas. Su exclamación fue acompañada con una mirada lasciva. Ricardo sintió cómo un frío electrizante corría por su garganta.

Dos Lamborghini pasaron a toda velocidad por la avenida, excediendo, de lejos, el límite de seguridad. «Seguramente juegan piques», pensó Sergio. «¡Hijos de puta!», les gritó, al fin. 

-Te recuerdo que hablas de la prima de mí esposa. Así que más respeto –Sentenció Ricardo, pescando del brazo derecho al insolente.

Sergio fingió mirar hacia otro lado. No interrumpió sino hasta luego. Gustavo apunto estaba de zafarse del asir, pero declinó. Dentro de sí sabía que había exagerado y que se fue de lengua. Sólo atinó a mirar fijamente los ojos de Ricardo, que ardían como lava recién escupida. Cierto que Gustavo no tenía pudor alguno al decir lo que pensaba, pero si algo tenía en claro, por mucho que no fuera de su agrado, ere el de respetar las palabras de sus primos mayores, tenía un código inquebrantable, de esos pactos que se hacen consigo mismo en secreto, donde no se permitía cuestionar la palabra, cuando en serio se hablaba, de los mayores de sus primos, les tenía respeto, les tenía ley. Y más con Ricardo. Si bien se prestaban bromas sumamente pesadas a cualquier momento, Gustavo sentía un profundo afecto hacía Ricardo, pues era el único que lo apoyó (ya que Sergio se encontraba en Italia, culminando un postgrado) cuando éste estuvo en prisión por, “supuesta”, tener relaciones no consentidas una menor de edad. Sin embargo no era la primera vez que acudía pidiendo socorro a Ricardo, que no siendo abogado, tenía un amigo letrado que era diestro en temas penales. La primera vez que Gustavo corrió hacia Ricardo fue cuando lo denunciaron por agredir a un sujeto que piropeaba a su entonces enamorada de barrio, tenía quince años.


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«Le metió mano, primo. En serio. Ese conchasumadre paleteó a mi cuero, a mi material. No podía dejar que la deshonren, pe. O ¿sí?», fue la excusa que tuvo Gustavo para romper en cuatro la calabaza del piropeador con una llave de tuercas profesionales. Seis meses de encierro en la correccional de menores en Maranguita y mil quinientos soles como reparación civil al afectado, quien el resto de su vida ingeriría sus alimentos a través de una cañita, fue la pena impuesta. La segunda vez, ya con diecisiete años, fue detenido por un delito menor, una falta. Había robado sistemáticamente calcetas de vestir y medias deportivas de un conocido centro comercial. «Fue una palomillada, primo. Estaba jodiendo nomás. De saber que iban a poner a llorar por las medias, puta madre las devuelvo pues», dijo aquel entonces. Ricardo llamó a su amigo abogado. Veinticinco jordanas de trabajo comunitario (barren y limpiar las aceras, quitar los anuncios de los postes de luz, y recoger la basura del parque Central de Lima), y la suma de cuatrocientos soles como reparación civil. Sin embargo Gustavo no aprendía la lección. Se había convertido en un forajido, en un vago, en un truhan, «es un delincuente», decían sus tías en las reuniones familiares. Fumaba y bebía alcohol todos los días. Sus juntas comenzaron a ser la preocupación inmediata de su madre, Rosemary, mujer de mirada dulce y trato amable, quien pasó a ser cliente vip de las postas médicas del barrio gracias a las constantes recaídas de salud que tenía por culpa de su único hijo varón. Gustavo, quien para los veintiuno ya era un malhechor ranqueado y además líder de la banda de Cogoteros del distrito de La Victoria, quienes se hacían llamar asimismo Los «Malditos de Renovación». Teniendo un poco de sangre en sus venas, se avergonzaba de estar acudiendo a su primo Ricardo cada vez que era capturado por la Policía. Por lo que, para evitar molestias a su primo, trataba de salir del apuro por él sólo. Pagaba a los oficiales para que lo dejaran libre, o contrataba los servicios de un abogado pesetero, de aquellos que pregonan a las afueras de Palacio de Justicia.

Sin embargo, la tercera vez que recurrió a su primo, para que éste a su vez llamase a su amigo abogado, fue porque lo habían acusado de haber violado a su pareja de turno. El asunto fue televisado y ocupó por varios días los titulares de los periódicos. Las pruebas estaban en su contra. La víctima tenía serias huellas de haber sido salvajemente ultrajada, y los fluidos corporales de Gustavo se encontraron en el sexo de la mujer. «Primo. Te juro por lo más sagrado que tengo que no la violé. Firme. Esa wona quiso estar conmigo, fuimos a un telo, y toda la noche… papá (decía con orgullo de haber cumplido su rol de macho dominante). Sí, me puse algo rudo, lo admito. Pero ella parecía gozarlo. Otra persona te diría que pares; es más, se quita, pe. Pero ella no, ella seguía afanadasa mal, pe. Yo tenía que cumplir con mi deber, carajo. Soy el man», fue el testimonio brindado por Gustavo. Lo dijo como si se tratase de cualquier verdura, sin un ápice de remordimiento o de arrepentimiento. Sin embargo, pese a los grandes esfuerzos del abogado, esta vez no pudo librarlo de la cárcel, y fue sentenciado a diez años de pena efectiva, la cual se redujo a tres años gracias a la buena conducta del reo, y gracias por supuesto, al burlón sistema de los Benéficos Penitenciaros que ostenta el Perú. La reparación civil (¿Hay acaso monto justificable para las víctimas de violación?) fue de quince mil soles. Pero, esta vez, para Gustavo, la pena impuesta por el Vigésimo Cuarto Juzgado Penal de Reos en Cárcel de Lima, no sería el verdadero castigo que recibiría. 

                -Así que tú eres el Dopey –dijo una voz fuerte, dura como el acero y tan fría como el hielo.

                -Depende. –Dijo Gustavo, vacilante, palmoteándose la prominente barriga de buda. - ¿Quién pregunta?

Gustavo, en el mundo bajo, era conocido como ‘Dopey’, uno de los enanos de Blanca Nieves. Pues era mediano de estatura, más bien chaparrón, con una nariz de pincho decaído, cuya punta nasal siempre miraba hacia abajo, tristona. Carecía de la belleza que en demasía tenía su primo Sergio. De cabeza calva y sin cuello, pero sobre todo por sus enormes orejas como aletas que adornaban su cuadrada testa, fue bautizado con el nombre de aquel personaje. Otros de sus apelativos era ‘Juano’, debido al gusto excesivo que tenía por un platillo típico de la Amazonía peruana, el Juane.      

-Yo, el Nero Mike – Repitió esa voz de ultratumba.

-¿Te conozco?

-No, pero yo a ti sí. Y muy bien, Gustavo – replicó el Nero Mike, casi deletreando el nombre de éste. Al instante el primo preso supo que algo iba mal, pues el código interno de cada condenado se había roto. En los penales no existían nombres ni apellidos, todos eran conocidos por sus apelativos o sus alias. Gustavo miró a su alrededor, avistó a dos sujetos de aspecto fornido, uno alto y otro mediano, ambos con notorias marcas de cuchillazos en sus rostros y brazos (¿Maras?); estaban a su espalda, acechándolo, esperando la orden. El primo sintió cómo su pulso se aceleraba, cómo un sudor frío se apoderaba de él. Sintió miedo.

-Y… ¿qué puedo hacer por ti? –preguntó Gustavo, procurando no demostrar su nerviosismo.

A Gustavo le comenzaron a palpitar sus sienes. Sus fosas nasales se abrieron mostrando sus vellos. Una extraña comezón en las palmas de sus manos lo inquietó.  

-Puede comenzar a orar, hijo de puta – rugió el Nero Mike, abalanzando su enorme cuerpo de más de ciento cuarenta y cinco kilos y más de un metro ochenta y cinco de estatura sobre Gustavo, que recibió una enorme trompada por parte de su contendor. El golpe entró directamente a la mandíbula del orejón: trastabilló, y cayó, prácticamente noqueado, a los brazos de los sujetos que lo esperaban desde que se había iniciado la charla. Acto seguido lo alzaron en peso y lo llevaron hacía el baño del Pabellón, donde  recibió patadas, puñetes, insultos y escupitajos. Gustavo trataba de evadir los golpes que venían de todos lados; se cubría sin éxito alguno. «Acá muero. Aquí fui», fue lo único que pensaba Dopey cuando servía de costal. Gritaba, gemía, aullaba, lloraba, pero sus exclamaciones de dolor y de desesperación chocaban contra las paredes del baño. Nadie socorrió al primo. Luego de agotar gran parte de sus energías, procedieron a despojarlo de sus ropas. «Tú, de campana. Avisa si alguien viene», ordenó el Nero Mike a uno de sus compinches, al chato de ellos. Desnudo, sobre un gran charco de sangre mezclado con su propia orina y la de otros presos, Gustavo se aferraba al asiento del inodoro. «Ahora sí, conchatumadre. Ojo por ojo. Te gusta cachar a las mujeres contra su voluntad, ¿no?, so mierda. Pues ahora te cagaste, weón. Con mi prima no debiste meterte. Ella era apenas una niña, una mujercita, y tú, y tú no debiste tocarle ni un cabello. Ahora pues, ahora pe, ahora sabrás lo que se siente que te metan la pichula», amenazó el Nero Mike. La profecía se cumplió. Luego, ya recuperado, Gustavo supo que su ultrajador era primo de la chica que lo había denunciado por abusar de ella. Acabada la faena sexual, el Nero Mike, además de regalarle un caminar escaldado por el resto de su vida a Gustavo, tres dientes rotos, dos costillas fisuradas, más varias saturaciones en su cavidad rectal, le dejó otro recuerdo para que no lo olvidase nunca: sacó una navaja artesanal, lo pescó del cogote (Gustavo no tenía fuerza para repelar la estocada final, se dejó manipular como un títere), y puso la cuchilla sobre el rabillo del ojo derecho, lo hundió ligeramente, y delineó un caminito hacía el pómulo. «Para que cuando te mires al espejo, te acuerdes de mí, Gustavito», decretó el Nero Mike, no sin antes endosarle una pata de mula en los genitales de Gustavo, por lo que éste, luego de varios de exámenes médicos, se resignó a no tener descendencia, al menos de forma natural.


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Sobre la derecha, en lo alto de un edificio de color amarillo con franjas anaranjadas, se divisaba un enorme cartel promocionando una película en la que habían seis personitas ficticias azules, todos, salvo uno de barba blanca y con gafas para el sol, vestían de pantaloncillos blancos, igual que sus capuchas. De tras, la torre Eiffel presumía su apoteósica infraestructura.      

                -Primo, verás la película de Los Pitufos 2 –preguntó Sergio, sabiendo las debilidades que tenía Ricardo por Los Pitufos, serie con la que creció. Además, Sergio sabía también la fascinación que tenía éste por imitar las voces de Pitufo Gruñón, Pitufo Vanidoso, Pitufo Sorpresa y Pitufo Filosofo, que, en honor a la verdad, los imitaba bien. Y, de último, tenía la intención romper el hielo que se había instaurado entre ellos gracias a las intervenciones lascivas de Gustavo.

Tuvo éxito.

                -No. Tenía tooodas las intenciones de llevar a mi sobrina, Josefina, ¿la recuerdan? -Soltó el brazo de Gustavo, y de manera lánguida, agregó:- Pero me cagaron el plan.

                -¿Qué paso? – intervino Gustavo, más tranquila ya.

                -Tenía todas las intenciones de llevar a mi sobrina a ver la pela. Así que la invité, pero me salió con que no, que no veía Los pitufos porque son del Diablo. Que representan los pecados capitales – Explicó Ricardo, con notoria decepción en su hablar.

                -No me jodas. En serio así te lo dijo.

                -Ajá –Confirmó Gustavo a Sergio.

                -A la mierda pues. ¿Qué edad tiene tu sobrina? – preguntó Gustavo.

                -Diez añitos.

Los tres primos cruzaros miradas alzando las cejas y con muecas en sus rostros.


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En efecto, Ricardo era, y es, amante de Los Pitufos, creció disfrutando abiertamente y sin ningún tipo de restricción la seria animada; igual sucedió con Los Thunderscat, Los Caballeros del Zodiaco, Los Súper Campeones, El hombre araña, La liga de la justicia, Los Halcones galácticos, y más recientemente, Dragón Ball, Dragón Ball Z, y Dragón Ball Gt. Asimismo, casi sin quererlo, descubrió que tenía la habilidad de imitar las voces de sus personajes favoritos. Sus amigos de infancia, así como compañeros de aula en la Universidad, le pedían que imitara la voz de Micky Mouse, el Gallo Claudio, de Quique el Gavilán, de Goffy; así como las voces de sus queridos dibujos Los Pitufos –siempre le pedían que imitase las voces diciendo majaderías, cosas que por ejemplo nunca en la vida escucharías al ratón Micky decir- Por eso, cuando su pequeña sobrina de cabellos rubios y mirada inocente, con voz de hilo, le dijo que no podía ver Los Pitufos 2, ardió en su fuero interno. Su semblante cambió de manera automática, pensaba que sus oídos lo habían traicionado, que por fin largos años de escuchar música con auriculares había tenido sus secuelas, la sordera. Pero no, Ricardo no estaba para nada sordo. Había escuchado a la perfección: «No puedo ver esa película, tío. Es del Diablo. Los pitufos representan los Pecados Capitales». Brisa, la esposa de Ricardo, que estaba esperando al segundo hijo de éste, lo miró con esa mirada de ten paciencia, es una niña. Ricardo no hizo caso. Ya era tarde. Había explotado. Ardía como chimenea gringa en plena navidad. Se mordió los labios, bajó la mirada –quiso arrodillarse para estar a la altura de su sobrina, pero la rodilla operada hacía un año, se lo impidió- y comenzó a interrogar, con voz melosa, a la pequeña: Hija, ¿quién te ha dicho eso de los pitufos, eh?, la niña no respondió, pero de inmediato fijó la mirada en doña Honorata –octogenaria, oriunda de Puno aunque de descendencia gala, viuda, y madre cinco hijas, siendo Brisa la penúltima del rebaño-. Ricardo no necesitó la confesión de su sobrina. Supo de inmediato cuál era la fuente, la manzana que había corrompido, según él, la aún inocente mente de aquella personita a la que Ricardo quería mucho. Doña Honorata fingió demencia, no asomaba en ella ninguna intención de corregir a la nieta. Todo lo contrario, miró a Ricardo con desdén, con gallardía; lo miró como si en ese momento su yerno fuera un ser insignificante, no digno de estar ante su presencia, un insecto al que podría eliminar con tan solo una pisada. Hija –insistió Ricardo-, ¿Sabes cuáles son los Pecados Capitales?, la niña no contestaba. Josefina, ¿sabes qué es un Pecado?, Sobria, ¿Sabes qué o quién es el Diablo?, ninguna pregunta fue respondida. La mirada de la inocente criatura comenzó a darle pena a Ricardo. Josefina, vente a mi cuarto, ordenó doña Honorata. La nieta obedeció en el acto, y cual soldado, que no se le permite cuestionar orden de un superior, caminó rápidamente, con la cabeza hundida en los hombros, hacia el dormitorio de la suegra de Ricardo. Doña Honorata siguió los pasos de la menor. Brisa no había intervenido en el improvisado interrogatorio hecho por su esposo ¿miedo, tal vez? ¿Tal vez compartía el mismo pensar que él? ¿Tal vez tampoco sabía qué era un Pecado, y cuántos eran? ¿Tal vez, y lo más seguro, no quiso iniciar un conflicto en presencia de la menor?

                -Por eso. Por eso es que no me gusta que los niños vayan a la iglesia desde temprana edad –Exclamó Ricardo, muy fuera de sus casillas.                 

                -Lo sé. Pero es una niña. No creo…

Fue interrumpida por Ricardo.

-¡Exacto! Es una niña… Qué mi…ercoles sabe una niña de Pecados, y del Diablo, ¿ah? Por eso mismo no quiero, no me da la gana que mi hijo, nuestro hijo, Arturito vaya a la iglesia. No te digo que no se le hable de Dios, pero allá, en la iglesia, les corrompen la mente, los engañan. No puedes ver esto porque es pecado, no puedes comer aquello porque es del Diablo. Estupideces, carajo. Estupideces – soltaba a todo pulmón. ¿Adrede? Claro que sí. Ricardo estaba toreado, cabreado, quería que saliera de la cueva aquel monstruo que había clavado esas ideas a la pequeña Josefina.

Doña Honorata no salió.   

                -¿Y que pretendes qué haga yo? No es mi hija – reprochaba Brisa, tratando de no salir de sus casillas. Quería calmar a su esposa, pero sabía lo terco que era. Sabía que era una mula, y que no dejaría de escupir ácido hasta que disparará el último de sus cartuchos.

                -Es que no me jodas. Por la p... Es una niña, por Dios. No sabe nada de nada, y a la pobre ya la fastidiaron con semejantes estupideces. Sí, obvio, los pitufos representan los siete pecados capitales. Igual que los representa su madre cuando se pinta o se viste, o yo al renegar, o tu madre al mentir, o tu… al, al…comer. Los Pecados capitales los representan las mismas películas que Josefina ve. Pobre, en verdad. En vez de enseñarle cosas positivas como la amabilidad, respeto, le enseñan huevadas que no son propias de su edad. Tienes razón, no es tú hija, no es la mía; si lo fuese, otra cosa sería –Dijo Ricardo, bajando el tono de su voz.

El aire se había condensado en la Sala de Estar. Brisa acariciaba su panza de siete meses de embarazo. Susurraba algo que era imperceptible para el iracundo futuro padre. «Ya mi amor, no pasa nada. Papá está molesto, pero no contigo, mi amor», «Ya hijito, tranquilo, tú papá es un huevón que no sabe que te puede afectar sus gritos, pero acá está mamá, tranquilo», son las cosas que pudo o no decirle Brisa al futuro hermano de Arturito.     


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-Te cagaron, primate.

-Te cagaron mal – Agregó Gustavo.

-Me cagaron – Afirmó Ricardo.

Los tres primos estaban ya exhaustos, pero ninguno decía nada ¿Vanidad? ¿Egocentrismo? Siguieron caminando por la larga avenida. Los vehículos seguían yendo y viniendo en todas direcciones; los claxon, por supuesto, no dejaban de sonar. El sol golpeaba con más fuerza sobre los tres individuos. El aire era seco, ni una piza de brisa que aliviase el horno en el que estaban. Gustavo sintió arder sus pues. La espalda de Sergio estaba mojada en sudor. Ricardo, seguía pensando en Los Pitufos 2.

Pasaron cerca de varios restaurantes, todos cobijaban a comensales. De pronto el aire seco que los venía escoltado desde la iglesia se espesó por un rico aroma a pollo a la brasa. Los tres primos, sin musitar palabra alguna, sintieron hambre. Sus bocas saboreaban la carne blanca y jugosa de los pollos servidos. Sergio alcanzó a ver como Inca Kola de dos litros, helada, y bañada en sudor frío que se burla de él. O al menos así lo pensó, tragando saliva.  

                -Ricardo, ¿cómo va el tema de tu blog? ¿Piensas dedicarte a escribir? –preguntó Sergio, sabiendo que otras de las debilidades de Ricardo, además de los libros y la imitación de voces, era la escritura.

                -Pues… en eso ando –dijo, no muy seguro de sí.

                -¿Blog?  Eso es para rosquetes, carajo. ¿Qué, te juras Jaime Bayly, o el maricón de Beto Ortiz?

                -No lo jodas – amonestó Sergio a Gustavo. Sergio se apenó de preguntar sobre el blog de Ricardo. Sabía lo mucho que le gustaba escribir, lo mucho que deseaba escribir un libro, por eso sintió pena cuando Gustavo pateo el sueño de Ricardo.

                -Déjalo… - dijo Ricardo.- Así publique un blog con historias, ni leer sabe el imbécil éste.

                ­-Ja, ja, já –río Sergio.

                -Los dos, agarraditos de las manos, se pueden ir a la misma mierda – propuso Gustavo, que más que molesto, parecía divertirse con sus primos.

                -¿Qué nombre le pondrías? –curioseó el más guapo de ellos.

                -No estoy seguro. Tengo dos opciones («¿cuáles?», se escuchó). Bueno, ustedes saben que el peruano es, bueno, somos, muy boca suelta –dijo mirando a Gustavo-, somos expertos en cuanto a dar consejos se refiere, fungimos de psicólogos, de sacerdotes, de confesionario, de almohada, sin embargo, cuando nos toca estar del otro lado, cuando somos los que sufrimos, somos incapaces de poner en práctica lo que aconsejamos  («qué con ello, es normal», agregó Gustavo). Sí, lo es, pero no deja de ser conchudo pues. Por eso, si llegase a tener un blog, le pondría El Burro Habla de Orejas.

                -Porque no mejor, El Burro hablando de Orejas – propuso Sergio.

                -O menor, aún –intervino Gustavo-. Las Mariconadas de Ricardo.

Ricardo ignoró el comentario homofóbico de Gustavo. Relajó sus hombros, llenó sus pulmones de aire seco con la estela del olor a pollo a la brasa, y agregó, lánguidamente:   

                -Pero bueno. Cuando me decida hacerlo, escribiré de un pelado conchasumare, que es más feo que el hambre, panzón, y pichi corto.

Gustavo sintió cómo el inspirante a escritor palmoteaba nuevamente su brazo, aquel que había sujetado fuertemente cuadras atrás.     

-Ya que lo invocaste…qué saben del chambas. ¿Por qué no vino, ah? – preguntó Gustavo.

-…

-¿Qué no saben? -Intervino Sergio al tiempo que se le dibujaba una sonrisa maléfica en su angelical rostro.

-…

-…

-El huevas se compró juegos de play huevón, jajajá. El conchasumare se compró juegos de play pues. Jajajá.

-¿No que no tenía plata el pelao? -dijo Ricardo.

-Saaaas pendejo pues. El Perú es leeeeeendo, jajajá -Ironizó Gustavo, que seguía mirando de un lado a otro.

-Su viejo le dio doscientos palos pa´que se compre el terno y el cabrón se compró juegos de play, alucina.

-¿Cómo sabes?

-Su viejo se lo contó al mío pe. Ricardito…

-Jajajá, ese peleo maldito -Gustavo no dejaba de reír, al igual que mirar constantemente a sus alrededores.

-Pelao pendejo pues. En vez de compartir con la familia. Fue pues… -Concluyó Ricardo.

-Su roche pe.

-Su roche. Saaaas pendejo, jajajá.- La risa de Gustavo comenzaba a perder credibilidad, y ganaba incomodidad.

-Llegamos conchasumare…-Dijo al fin Sergio.

Las chicas los esperaban con miradas asesinas. No habían pedido nada aún. Como buenas parejas sentimentales, aguardaron a sus príncipes para recién ordenar: Hamburguesas con queso, papás fritas, gaseosas bien heladas y su McFlurry respectivo. Los tres primos se dirigieron a los servicios higiénicos, donde se prestaron bromas respecto al tamaño viril de cada uno de sus propios paquetes («¿Con esa cosita pudiste tener hijos, dijo Gustavo fastidiando a Ricardo. «Con ese maní dicen que ultrajaste a la flaca. No me jodas», devolvió Ricardo. «Creo que más bien lo denunciaron por NO poder intimidar», agregó Sergio. Se mataron de risa). Se lavaron la cara con agua fría, secaron el sudor de sus cuellos, se fajaron bien las camisas y salieron.

Luego de comer y hablar sobre la boda religiosa que acababan de presenciar, comenzaron a charlar sobre los detalles del acto litúrgico. Los tres primos no dijeron palabra alguno sobre lo que había conversado en el trayecto, no lo dijeron, no hacía falta. «Lo que se habla entre los primos, se queda entre los primos». Era la ley.

Cuando hubo terminado el almuerzo, las chicas tomaron el auto de Sergio, el mismo con el que habían llegado a Mac Doland´s. Gesto amable que hizo Sergio por el estado de Brisa. Los tres primos abordaron un taxi. Sergio fue de copiloto, mientras que Gustavo y Ricardo se instalaron en el asiento trasero. Dada la orden, el chofer puso en marcha el auto hacia la recepción de la boda, donde ya los aguardaban Martina, hermana de Gustavo, y Juliana, primas de estos tres.

¿Qué paso en la recepción?

Lo sabremos pronto.





 

Lima. 20 de noviembre de 2013.









jueves, 14 de noviembre de 2013

UNA FANTASÍA ERÓTICA, UNA PELÍCULA, Y UN HUEVÓN.


 
 
 
 
 
 
 
 

 


 
 
 

Hace unos meses fui al cine con esposa –vimos ‘Jobs’, interpretada por el actor Aston Kutcher-, estuvimos más de una hora ...esperando a que se formara fila para entrar; por lo que decidimos esperar sentados en la banqueta que está antes de ingresar a las salas 6, 7, 8, 9, 10, 11 y 12 de Cineplanet, en San Miguel. Una pareja, al parecer también esposos, se sentaron junto a nosotros. Mi esposa y yo conversamos sobre la futura llegada de su hermana, que viene con toda la familia desde la Argentina a pasar fiestas navideñas.

Pasaron veinte minutos y mi esposa se excusó conmigo. Fue al tocador.

Yo, sin saber qué hacer, comencé a mirar a todos lados tratando de hallar algo que me distrajera hasta la vuelta de mi amada; no vi nada salvo los posters de futuras películas prometedoras -como aquella de ‘En llamas’ donde una sensual Jennifer Lawrence sostiene su arco y apunta son su flecha a matar; o aquella donde un diminuto sujeto está en el frontis de una gigantesca puerta de piedra, disfrazada entre rocas y cubierta por una montaña de aspecto lúgubre, donde el miedo se percibe en el ambiente, ‘El Hobbit, La desolación de Samug’, o también aquella donde Keanu Reeves, de cabellos largos y ensortijados, con barbita a lo Jesusito, funge de Samurái mostrando la hoja llena de filo de su nihontō en ’47 Rorin’ -. Pero sí escuché algo interesante.

No era mi intención parar oreja pero así fue: la parejita de junto comenzó a charlar a media voz. El chico, joven y de cabellos negros, le consultó a su esposa, también joven, de piel canela, si recordaba esa película que vieron hace meses atrás, «Esa, donde sale Tomylijons (Tommy Lee Jones) y Merilin Strip (Meryl Streep) haciendo de casados con problemas íntimos, ¿la recuerdas? », le dijo él. «¡Ah, sí! Esa donde el psicólogo es Stefff Carrel (Steve Carell). Ajá, sip, ¿Qué tiene?» repuso ésta. «¿Recuerdas que, como práctica, el psicólogo les dijo que pusieran a prueba y tratasen se cumplir sus fantasías sexuales? (Ajá, asintió la dama con suma extrañeza). ¿Y que una de las fantasías de Tomylijons era tener un trío con la vecina que paseaba los perros…? »

Mi esposa aún no llegaba, pero la picaresca conversación de junto robó por completo mi atención. Estaba embelesado, y, sin temor a equivocarme, sabía con exactitud qué montaña estaba por trepar aquél sujeto. Y el caballero continuó:

«Este…uhmmm. ¿Tú serías capaz de…cumplirme una fantasía erótica?»

Un silencio fúnebre se postró sobre la banca; no los había, pero de haber grillos, sus chirridos hubiesen sido el canto de fondo. La dama no emitía ruido alguno. Devorado yo por la curiosidad, fingí una comezón en mi hombro derecho: volteé de manera discreta, y comencé a buscar aquello que supuestamente me había “picado”. En el aire se percibía un rico olor a canchita –popcorn- recién preparada (palomitas, o pochoclo, como también se les conoce). Se me lleno de agua la boca al imaginarme metiendo mano a la caja de canchita, con su sal respectiva, y, por supuesto, sin la infaltable salsa valentina. Alcancé a ver los ojos de la fémina, quien no le quitaba la mirada a su proponente. Lo fulminaba con su mirar.

El silencio fue quebrado por una voz débil que venía de la garganta de una de las encargadas de velar porque nadie entre a la Sala de cine sin su ticket, «Fila para la sala 7, función de las 6.45, ‘Mejor ni me caso’, por acá por favor», pregonó la desalineada mujer. Al cabo, se oyó al muchacho consultar, como si el silencio mortífero no hubiese sido suficiente respuesta...

«¿Entonces...?»

La muchacha respiró profundamente, enderezó su postura y le soltó un reverendo, pero a la vez exquisito:

«¡ESTÁS BIEN HUEVÓN, ¿NO?!»

La dulce huevoneada no pasó desapercibida por los cinéfilos que marchaban hacia la sala 7, que voltearon a ver a la parejita de junto; alcancé a ver una que otra cara de amargura de algunos padres de familia. Yo, mientras tanto, hacia mi mejor esfuerzo por no soltar carcajada alguna ante el sonoro huevoneo del que fui testigo, involuntariamente. El joven oferente se ruborizó de inmediato, y tratando de borrar la eme que habían formado las espesas cejas de su querida, en tono apacible, musitó:

«Pero amor, ¿qué tiene de malo? Además, no te he dicho que fantasía es»

Era cierto. Tenía (y tiene) toda la razón, él nunca dijo qué tipo de fantasía, por supuesto erótica, se trataba, solamente consultó si su esposa era capaz de cumplirla. ¿Había algo de malo en ello? ¿Había pecado aquel aventurero al hacer tal consulta? No. Pero claro, él comenzó mal.

No debió pues, iniciar con un ejemplo donde la cabeza, boca, labios, manos exploradoras, pies y los muslos de su amada no fueran suficientes. Seguramente como inició con el ejemplo del trio de la película a cual se refería ('Qué voy a hacer con mi marido'), la ofendida mujer pensó que se trataba de una orgía. Algo que nunca sabremos, o al menos yo. Y es que cuando el joven aspirante a seductor concluyó su comentario, ésta, su amada, le devolvió la premisa:

«Cierto. ¿Qué tipo de fantasía dices?»

«Ninguna»

Le respondió él, muy ofendido. Ella insistió pero él se aferró.

«No gracias. Me bastó con tu respuesta. Ahí nomás».

Llegó mi esposa y a los pocos segundos esa misma voz, débil y sin gracia, de la centinela de turno gritó: 'para la fila de ‘Jobs’, por acá, por favor'.

Dejamos a la parejita intercambiando interrogantes. Pobre chico, pensé. Lo huevonearon por ser inquieto, por ser honesto, sí, claro, también por ser un huevón. Quizá él quería un trio, quizá no. Pues hay miles de fantasías como granos de arena en la playa. Dudo mucho que éste joven vuelva a consultar algo semejante. No lo culpo, ¿Quién lo haría?

Entrando ya a la sala, fui asaltado por la misma duda que el huevoneado de fuera; apunto estaba de consultar a mi mujer: -SERÍAS CAPAZ DE CUMPLIRME UNA FANTASÍA ERÓTICA-, pero preferí callar.

Por esa noche, con un HUEVÓN, era suficiente.  

Lima, 14 de noviembre de 2013.                       
 
             
 
 
                  
 
 
                 

 

viernes, 8 de noviembre de 2013

Luis Miguel en Lima, 'The hits Tour'


 
 
 



Ayer -07 de noviembre- fui nuevamente testigo, por tercera vez, de la magia que radia Luis Miguel en cada uno de sus conciertos. No es sorpresa para quienes me conocen, la admiración que siento hacia el ‘EL SOL’ de México. He seguido su carrera desde que tengo seis años de edad, y así será hasta que se me permita. Juro. Mucho se dice y se teje alrededor de LM: que si es un presumido, déspota, engreído, malcriado, egocéntrico, etcéteras; cosas que, a uno como admirador, no le interesan. Pues lo único que importa es que siga cantando como lo viene haciendo desde hace más de 33 años. Y de hecho, ayer por la noche, demostró porqué es considerado el ‘REY’ de la música latina. Por supuesto que habrá detractores que, así, no lo consideren, no todo es simple. En lo personal, y como lo suelo transmitir, decir que LM es el “mejor cantante de habla hispana”, quizá, y sólo ello, sea exagerar. Por ello prefiero decir que: ‘hay buenos cantantes, y está Luis Miguel’. Sin embargo, para que tenga validez lo afirmado, tendrían que escucharlo cantar en vivo, o de perdida escuchar sus discos en concierto. ¡Háganlo, no se arrepentirán! Como hice de masivo conocimiento en la red social, será (y fue) un concierto donde no habrá juego de luces o bailarines brincando de un lado al otro tratando de llenar el vacío que deja la sobrevaluada calidad interpretativa de ciertos cantantes de moda. ¿Ejemplos? bueno, si damos ‘un pacito pá lante, y un pacito pa tras’, nos daremos cuenta. Y en efecto, LM no necesita nada de ello, pues su talento, su show, es su VOZ, la cual permite no sólo gozar la calidad y fuerza de su canto, sino también, el poder creer que hay algo más allá de este mundo, pues haciendo mías las palabras del señor Francisco Céspedes –compositor de ‘Pensar en ti’, y ‘Nada es igual’-, «Luis Miguel tiene contacto con algo del más allá. Esa voz no es normal». Empero, qué valor tendrían mis palabras respecto de LM, pues soy un seguidor que quizá escriba, aún, bajo el éxtasis y secuelas de una noche inolvidable. Siendo ello así, perdería credibilidad lo expuesto hasta ahora. Pero tengo un punto a mi favor. Mi esposa, que no es seguidora de LM, que no tiene un Cd de LM, que no escucha por gusto propio a LM, quedó fascinada, por segunda vez, por la voz cautivadora -cual encantador de serpientes, o flautista de Hamelín- de Micky. No siendo, entonces, fan, se puso a corear y a bailar las canciones que LM pulía en cada interpretación, gritaba y movía sus brazos al son de la melodía de turno. ¡Me ganó! ‘Amor, canta igual que en sus discos’, me dijo con luz en su mirar. Y es cierto. No exageraba. Pocos cantantes, CANTANTES, tiene el don de cantar tal cual se les escucha en sus discos. Por ello, LM, es mi cantante favorito por excelencia. Pues no te llevas una desagradable sorpresa al escucharlo con otro timbre de voz distinto al que te ofrecen ciertos cantantes, cuya voz manipulada por la consola de reciente tecnología te hacen creer algo que no es, algo que no tiene, algo con lo que sólo se nace, TALENTO. Por supuesto que no todo fue perfecto, ya que todo lo que inicia, tiene que terminar. Hubieron canciones, hits, que quedaron excluidos del repertorio ofrecido en suelo limeño; bueno, no se puede tener todo, tampoco. Tratar de reducir en un ahora cuarenta y cinco minutos más 33 años de vida artística, más de veinticuatro discos, es una tarea que, además de ardua, necesariamente tiene que sacrificar algunos temas, tales como Amarte es un placer, Dormir contigo, Contigo a la distancia, Por debajo de la mesa, Fiebre de Amor, Será que no me amas, Uno, Mañana de Carnaval, Usted, Reloj, Júrame, La última noche, Volver, Amor amor amor, entre otras. Claro, siendo uno seguir de LM, qué más quisiera que sus intervenciones, sus conciertos o presentaciones durasen tres, cuatro, o cinco horas. Sencillamente, no se puede. De momento cabe precisar que LM llenó las expectativas una vez más de todos sus seguidores, que cantó y encantó a propios y extraños (mi esposa, por ejemplo), y demostró que pese a la mala fama de engreído que gratuitamente le han endosado –debido que no habla con la prensa de su vida íntima, ni corrige o aclara rumores- por ser reservado, es un artista que no se guarda nada, que se entrega al público desde el primer instante que pisa en escenario. Y eso es lo que cuenta. He de confesar, y con ello me despido, que fue una noche especial, una velada mágica, en la que pude disfrutar una vez más de mi artista favorito; que canté (que atrevido de mi parte por cierto) las canciones con las que crecí, pero sobretodo, y lo más importante, que pude disfrutar de lo que más me gusta, al lado de la persona que más amo, mi esposa.       
 
¡Cómo dice!
 
Lima, 08 de noviembre de 2013.                   

 

 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Jr. Quilca


Hoy estuve por el Centro de Lima. Respiré su frío aire, y algunas gotitas se sentían en mi cara, se deslizaban con la delicadeza que lo hace una araña. Me detuve un momento en la Plaza San Martín, inhalé profundo y miré a mi alrededor: estas calles plagadas de historias infinitas que se mueren en la garganta de un anónimo fueron las que inspiraron al Maestro 'Mario Vargas Llosa' a escribir novelas tan impresionantes como 'La tía Julia y el Escribidor'. De hecho se me puso la piel de gallina al imaginarme a ese personaje caricaturesco creado con tanto amor y picardía, el escriba Pedro Camacho.

 

Caminé rumbo al Jr. Quilca pensando si alguna vez tendré el don de escribir algo tan fantástico como las historias que en secreto yacen por nuestras callecitas limeñas. 'Eso espero', me dije. Hacía mí, venían tres sujetos de saco y corbata, discutían a voz viva sobre un tema sucesorio, sus alcances y consecuencias. 'Abogados', susurré. Uno de ellos, el más chato, de panza chelera y bigote espeso, llevaba un cigarro a medio terminar; luego  de una profunda aspiración, botó el pitillo haciendo un chasquido con los dedos. Sobre la callecita, antes de cruzar Jr. Camaná, pero luego de terminar la pollería que ahí alimenta a los comensales lugareños, se alza una pared en ruinas, de ella sobresale un balcón que está en peor estado que la pared que la presume. El balcón –¿habrá sido protegido, también, por ‘El loco de los Balcones’, Aldo Brunelli?-  está, a su vez, sostenido por tres improvisados pilares de madera; detrás de los pilares, pero debajo del balcón, hay una frase pintada a manera urbana que reza así: 'SI NO LIMPIAS, NO ENSUCIES'.

 

Todos lo ignoran.

 

Quizá, y sólo es mi sentir, al autor, o autora de la frase, le faltó poner: 'SI NO LIMPIAS, NO ENSUCIES. ¡RECONCHA TU MADRE!

 

Eso sí que llamaría la atención.

Lima, 06 de noviembre de 2013.

lunes, 4 de noviembre de 2013

La Voz Perú





 
 
Este programa se presenta como el espectáculo televisivo que toda familia debe ver y que nadie puede perderse. Mi esposa y yo lo hemos seguido desde el primer día. Nos gustó. Pese a no tener gustos similares, mi consorte concluye conmigo al señalar que uno de los jurados –coaches– está ahí porque algún peruano, en este caso en particular, peruana, debe estar allí; y así evitar comentarios como los que se suelen escuchar: que siempre se prefiere al extranjero. En fin. Las selecciones a ciegas han concluido; grandes talentos quedaron fuera, algunos se arriesgaros a cantar en inglés y la pegaron, otros, no. Hubo quienes desde el inicio presumieron la enorme voz que tienen para el canto dejando de lado el sentimiento al interpretar, no pasaron. Hubo quienes con una voz educada, rítmica y con mucho sentimiento, se ganaron la simpatía de los coaches. Los coaches no se quedaron dormidos y cuando tuvieron que ser severos con los ponentes, lo fueron. Siendo, en ese sentido, el Puma quien más frío y serio fue al momento de jalarles las orejas a los postulantes. Sin embargo da gusto escuchar cuando Kalimba, Jerry Rivera, el Puma, y hasta cierto grado Eva Ayllón, dan consejos a sus aspirantes a discípulos; pues son cantantes con una trayectoria digna de respetar, quizá no tengan la gran voz, como es el caso de la fémina del grupo, pero el hecho de ser una de nuestras mejores ponentes de la música criolla, la hace digna de escuchar, por lo menos. Caso contrario sucedía cuando escuchabas las peroratas técnicas de Maricarmen Marín, Fernando Armas, y Ricardo Morán, en YO SOY; quienes presumiendo conocimientos musicales y vocales, se atrevían deliberadamente a cuestionar la calidad interpretativa de cada uno de los imitadores, ¡Válgame! Pero bueno, al menos con los coaches de La Voz Perú, la cosa cambia. Salvo por su presentador Cristian Rivero, quien a juzgar de este humilde escriba, tiene la gracia y la simpatía de un caracol resfriado. Han desfilado varias y varios candidatos; unos mejores que otros y otros peores que unos. Lo bueno es que hubo un filtro previo, por tanto, sólo pisaron el podio aquellos que pasaron el primer filtro, ello le da más seriedad al concurso, pues evita que se presente uno que otro desubicado y haga cualquier estupidez en el escenario, como aquellos que teniendo una melodiosa voz tratan de cantar canciones con la fuerza y potencia con la que cantaba Nino Bravo o con la que canta Luis Miguel. ¡Pobres diablillos sinvergüenzas¡ Pero…hubo algo que me ha dejado un terrible: ¿Diego Dibós, Anna María Copello, Raúl Romero y Cecilia Bracamonte, como peritos auxiliares de los coaches? Pensé que era una broma –muy mala broma, por cierto- pero no, no lo era, no, no lo es. No me explico qué rayos hacen los nombrados dando lineamientos a los participantes, los cuales, sin tener la trayectoria profesional de los peritos citados, tienen mucho más voz y calidad interpretativa. Quizá, y esto es, quien merece estar dirigiendo a la par con la coach Eva Ayllón es la señora Bracamonte, quien tranquilamente también pudiese estar ocupando un sillón rojo. Pero Copello, Romero y Dibós, sí que sobran, y con roche. No es que tenga algo personal contra dichas personas, ni nada que se le parezca, pero es demasiado conchudo que ellos den “clases” de “cómo” cantar; por ejemplo: Dibós participó en un concurso de canto en UUEE., y no ganó. Tendrá experiencia, tal vez, pero para ello está el determinado coach, que, en base a su propia y amplia experiencia, le dirá cómo debe cantar y manejarse en el escenario. De otro lado está la señorita Copello…honestamente, no sé qué decir de ella. De último está el señor Romero: bueno, acá la cosa cambia, algo. El señor Romero como cantante ha demostrado ser un pésimo anfitrión de programa; así es, tiene años en la televisión peruana animando programas concursos que en su momento, y ahora más lejanos que nuestra participación al Mundial 2014, o cualquier otro Mundial, causaron tibia sensación. Sin embargo culpa de ellos no es. A los auxiliares les cursaron invitación para formar parte de La Voz Perú, y bueno, quién se negaría a estar alado de figuras tan importantes y emblemáticas como el caso del señor José Luis Rodríguez el Puma, Kalimba y Jerry Rivera. Que los peritos sean malos no los hace tontos. La culpa, para mí, por supuesto, la tiene el Productor del programa, ajá, el señor Morán. Pues es más que obvio que los puso allí porque son amigos, chocheras, broders, y porque de seguro no había a quien más invitar. Digo, podría haberse invitado a Gian Marco o al tener Juan Diego Flórez, ¿no?, pero el presupuesto no nada para tanto. ¡Qué pena! Lo bueno es que los participantes se presentan de manera individual, imagínense pues si se presentara un grupo, quiénes serían los socorristas auxiliares de los coaches, ¿Adammo? ¿Libido? ¡Dios nos libre! Por esta razón, por esta simple y sencilla razón -además del conductor-, para mí, el programa ha perdido calidad. No digo que no sea bueno, pues en verdad uno puede apreciar el talento perdido o que se anda escondiendo tras una garganta. Y es que hay casos como el del señor Centeno, moreno de mediana edad, con modestia galanura, pero con una hermosa voz que a uno lo hace preguntarse con fervor malestar ¡¿Dónde rayos estabas metido?! Es verdad, canta precioso; desafortunadamente no ganó el duelo que le correspondía, pero ahora ya todos sabemos que hay una hermosa voz que canta de manera magistral cuyo portador es un moreno de cabeza calva y que obedece al nombre de Oscar. Oscar Centeno (Búsquenlo en youtube, no se arrepentirán) Esperemos que, salvo los  auxiliares de los coaches, La Voz Perú nos siga dando sorpresas, porque si algo ha demostrado este programa, es que en el Perú hay buenos cantantes, sólo hay que escucharlos.

Lima, 04 de noviembre de 2013                     

martes, 29 de octubre de 2013

TANTAS VECES MI GYM







 
De hecho no es la primera vez. Desde que ha entrado es un bueno para nada; sirve únicamente para apestar la sala del gym con su loción, y abusa tanto de este líquido perfumado que más allá de ser agradable, asquea totalmente. Nuevamente fui testigo, como lo vengo siendo los últimos 4 o 5 meses, quizá más, de cómo llega tarde, y con más frecuencia y frescura que antes porque ahora hay una nueva chica que abre las puertas antes de las 6am (por fin, carajo), se hace el huevas 10 minutos en el baño -cagando de seguro-, luego se dirige al cuarto que está antes de entrar al gym, y no sale sino luego de otros 15 minutos apestando a su loción. Nuestro estimado ‘trainer’, con grosos complejos de mohicano, deja sin miramientos que las personas, en su mayoría mujeres, que van temprano al gym hagan sus ejercicios como ellos creen que se debe hacerse. Grave error. El ´coach’ mientras tanto, simula preocupación por el orden del gym, y a paso ligero pero firme, recorre cada uno de los rincones del aposento. Él no me saluda, yo tampoco; de seguro no me saluda desde que le puse cara de mierda cuando llegó tarde al gym cuando era, y creo que es, su obligación abrir las puertas. Llegó bien campante, ligero de ánimos y con una sonrisa burlona dibujada en su feo rostro. «La hora es la hora. Luego cuando uno se queja, le ponen mala cara», le atajé. Desde entonces nos ignoramos. Felizmente no necesito de su apoyo, como poco serviría también. Tengo ya varios años en el gym y he aprendido a valerme de mi propia fuerza y astucia para poder cumplir con la rutina de rigor. Pero no soy el único usuario, o cliente, como fríamente nos etiqueta el gym cada vez que nos manda saludos a través de sus cuentas, hay varias personas como ya lo dije, muchas féminas que, obsesionadas con la figura perfecta, se matan haciendo ejercicio queriendo fortalecer esos hermosos glúteos que nunca tendrán, o tonificar esas gustosas pantorrillas, que tampoco tienen. Las pobres sudan la gota gorda, literalmente, las veo empeñarse en sus ejercicios, pero lo hacen tan mal que dan pena, o quizá lastima, da igual. Me he visto, en tal circunstancia, en la necesidad de acercarme a ellas e indicarles cómo se hace el ejercicio que en vano tratan de hacer. ¿Mi trabajo? No. Pero tampoco puedo permitir que se fatiguen en vano, o peor aún, que salgan lastimadas, desgarradas o lesionadas por un mal movimiento. Digamos que es una obligación moral la mía. Mientras tanto nuestro ´trainer’, bien gracias. Meses atrás vi cómo una señora hacía unos ejercicios abdominales de muy mala manera, corriendo el riesgo de lastimarse, y, por supuesto, sin siquiera tener los resultados que esperaba. Yo estaba en la máquina continua y veía el gesto flagelado de señora. No pude más, y sin que nadie me lo pidiera me acerqué y amablemente le dije que si me permitía enseñarle cómo hacer el ejercicio que ella intenta hacer. Me miró como bicho raro y, a cambio de mi buena acción, me endosó un rotundo «No. Yo sé», con voz vulgar; desde entonces aquella dama, de baja estatura, de pelo desgastado y sin vida, me mira con recelo, como diciendo «Acá está el sabelotodo». De hecho que no soy un sabelotodo, pero si hay algo que sé, y que domino a la perfección, son los ejercicios abdominales, no en vano los vengo practicando durante varios, varios años, los resultados en mí están, y me encantan, sólo que no soy exhibicionista ni uso politos pegados o transparentes para mostrar el dorso con sus respectivos ‘coquitos’. Quise colaborar y salí con el rabo entre las patas. ¿Mi culpa? Sí, por huevón. Pero también culpa de nuestro lustre ‘coach’ ya que si hiciera su trabajo, y procurara que cada uno de sus discípulos –Dios nos libre- haga bien su ejercicio, no me hubiese apiadado de dicha mujer y su prominente vientre y le hubiese ofrecido mi ayuda, y, por tanto, me hubiese ahorrado el bochornoso incidente de mandarme a freír espárragos, carajo. Por ello, ahora que veo cuando un chico o chica hace mal su trabajo, que se joda, así es, que se frieguen. Pues ellos como clientes que son, insisto en que es una fea etiqueta, tienen el derecho, o el deber, de exigirle al ‘trainer’  que los ilustre, que los guie, QUE LOS ENTRENE, como debe ser; y no conformarse simplemente porque les deja dos o tres rutinas indefensas que poco o nada harán por sus mofletudos puercos, digo, cuerpos. ¿El daño? Es tremendo, ¿por qué? Primero por el alto riesgo de salir las lastimados o lastimadas intentando hacer solos un ejercicio que, por la maniobra corporal que conlleva ejecutarlo, debe estar siempre, SIEMPRE acompañada de un entrenador que cuide de la integridad de su discípulo. Digamos pues que una persona X, creyéndose fornido, le pone más del peso necesario a su barra o carga sobre sus hombros un peso que no debe y sale lastimado o lastimada. ¡Ajá! Exacto, por una mala maniobra o posición del cuerpo del aventurado o aventurada se fregó la espalda, adiós tranquila vejez. ¿Yo qué haría? Bueno, les interpongo una demanda por daños y perjuicios, a tal grado de mandarlos a la ruina. Ahora ven porqué es importante que el ‘coach’ esté siempre vigilante con cada uno de sus clientes. Dos, el engaño emocional; así es. Como ejemplo citaré a otra voluptuosa mujer que hace más de dos años y medio va al gym de manera religiosa: comienza su rutina con 35mn de spinning, luego, ya empapada en sudor, se dirige a las máquinas para estimular los músculos de la espalda para terminar ejercitando sus bíceps. Hace su mejor esfuerzo, qué duda cabe. Muchos quisieran tener esa tenacidad que la dama resalta con cada ejercicio; desafortunadamente no hay resultado alguno. Esta dama en más de una ocasión me ha consultado sobre cómo se debe hacer un ejercicio, ya que no cuenta con la asesoría del ‘trainer’. Amablemente le he ayudado, pero nada más. Por supuesto que la culpa de que el cuerpo de tan empeñosa mujer no haya siquiera variado alguito, no es totalmente de gym; pues no sé ella tiene malos hábitos alimenticios, ya que de tenerlos, nada sirve tanto esmero. Pero de otro lado, parte de culpa la tiene el gym, pues si luego de varios años de duro entrenamiento las cosas no cambian, y el gym no se percata de ello, quiere decir que poco o nada le interesa al gym si su recinto da buenos resultados o no, es decir, que no se preocupan por los que van al gym, siempre y cuando paguen, listo, es todo. Lo cual le da más sentido al porqué de etiquetarnos como clientes, y es que eso somos, así de simple, clientes. Caso contrario, se preocuparían por el avance de cada uno de sus socios, pero no somos socios, sino clientes. De hecho hay gimnasios donde le hacen un seguimiento riguroso a cada uno de las personas que entrenan en sus aposentos, los controlan en cuanto alimentación y rutinas se refiere, y eso es bueno. Pues muestran a sus socios, consentidos socios, que les importa su progreso, su bienestar y tranquilidad; y por supuesto, un socio conforme le pasa la voz a otro amigo, y éste a su vez a otro, y así, sucesivamente. En lo personal no recomendaría  el gym al que voy, y si voy es porque ya pagué por adelantado todo un año, y claro, porque me queda a tres cuadras de mi casa. Pero llegando abril del próximo año espero mudarme de local, constará más, tal vez, pero me sentiré cómodo, tranquilo. Hace unos días una chica, joven ella, me preguntó cómo debería usar la barra y hacer sentadillas, «Es que ando de aquí para allá sin hacer nada, la chica de recepción me dijo que espere al coach pero él no llega, ¿me ayudas?», me refiero, con notoria decepción en su hablar. Y de hecho, hasta la hora que me quedé en el gym -7.am- nuestro ilustre coach, ese de andar escaldado, no llegó. Ayudé a la chica en socorro, le expliqué que debía usar poco peso y mantener la espalda erguida ante cada repetición, «La tención debes sentirla en tus piernas, no es tu espalda, y menos en tu cintura», indiqué. O sea que, contrario a lo que yo quería, y a lo que busco, fungí de coach una vez más, pero esta vez fue a pedido. Una vez terminado el ejercicio se acercó de nuevo y me preguntó por otro ejercicio de piernas. Le enseñé. Al voltear un conocido mío me dice con son burlón: «Mejor que te contraten como entrenador…», y dándome unas palmadas suaves en el hombro derecho, me dice señalando a una chica: «Ella dice que también quiere tú ayuda» La muchacha, que también lleva años en el gym, hace un gesto de reproche, de indignación; lo hace negando con fuerza su cabeza, el movimiento es tan grotesco que hace bailar el enorme flequillo que adorna su amplia y ancha frente. De inmediato supe lo que pasaba; de hecho que la frentona, al ver que daba lecciones de rutina habrá pensado: «Y éste…ahora se jura entrenador…» De haber obedecido mi primer impulso me le habría acercado, y le hubiera espetado: «¿Tiene algo de malo ayudar a alguien que vive en la ignorancia atlética, como tú, amiga?» Pero preferí el silencio. A la chica a quien impartí rutina quedó muy agradecida conmigo, «De nada,  pero procura que el coach te de una rutina y esté pendiente de ti, por algo pagas», enfaticé de manera cordial pero seria. De momento todo sigue igual, la chicha recepcionista nueva llega temprano, ¡Qué bueno!, esperemos que así se mantenga, y es que dicen que escobita nueva barre mejor, mientras no se deje corromper por el facilismo propio de los conchudos y haraganes, todo estará bien. Esperemos pues que los administradores del gym ubicado en el cuarto piso de las galerías que se encuentran frente al hospital Santa Rosa pongan manos en el asunto, pues no hay mejor publicidad que la que se pasa de voz en voz: una persona contenta se convierte en dos, luego en tres, y luego todo lleno. No soy coach, pero sé de ejercicios, de alimentación y de rutinas. No me gusta presumir ni tampoco alardear, pero no por nada llegué a perder 58 kilos, y he logrado que mis coquitos se marquen, así que creo tener legitimidad para opinar al respecto, joda a quien le joda.
 
Lima, 29 de octubre de 2013.