viernes, 25 de julio de 2014

CONFESIÓN #04. YO NO FUI








Cuando llegué al Perú, para someterme a una operación de rodilla, y luego para estudiar leyes, fui recibido por mi familia materna con bombos y platillos. Todos, sin excepción, celebraban a viva voz mi retorno al Perú luego de años de ausencia. Yo estaba emocionado, muy feliz de ver las expresiones de algarabía de tíos y primos por mi reciente llegada. Tenía 17 primaveras acuestas.

Para ilustrar un poco más esta pequeña aventura, he de iluminar al lector que mi familia, por ambos lados, es numerosa. De hecho tengo ‘primos hermanos’ que podrían ser mis padres, y tíos que podrían ser mis abuelos. A lo que primos se refiere, somos muchas generaciones, como bien dije, tengo primos que me doblan la edad y que, así ha quedado plasmado en fotos del ayer, jugaban con mi madre a los juegos que se jugasen en los 70’s. La generación X, es decir, aquellos primos que nacimos en los ochenta, somos unidos, o bueno, éramos unidos. Ahora, por razones de distancias y por orgullos lastimados, así como heridos por lenguas bífidas, de tantos que fuimos, hemos sido reducido a un puño de primos que se ven cada cierto tiempo para celebrar algún cumpleaños.  Eso si es que no hay mejor excusa para evitar vernos. Joder, entonces no éramos tan unidos. En fin…

Cuando toqué suelo limeño fui hospedado en la casa de un tío mío, uno de los hermanos mayores por parte de mi madre; él, junto con toda su familia, me abrieron las puertas de su casa sin mayores miramientos ni requisitos ni pagas mensuales que justificaran un empobrecimiento del bolsillo ajeno. Desde el primer instante que entré a la casa de mis tíos, me sentí en familia. Y en verdad lo digo, reinaba un ambiente cálido y natural. Mis tíos me colmaban de cariños y mis primos me presentaban a sus amistades. A veces, por las noches, y casi siempre los fines de semana, mis primos, aquellos que ya podían entrar a una disco sin mostrar identificación, me llevaban a dar un baile a los aposentos rítmicos de turno. Entre semana, jugaba con el menor de la familia. Ya que él, por razones de edad, no podía entrar a un antro, nos divertíamos jugando con la consola de Nintendo. Yo vivía un sueño, tenía todo lo que un chico pudiese desear. Extrañaba a mi familia, sí, pero también tenía ingredientes suficientes como para echarlos de menos.

Un sábado por la noche, otro primo nuestro, que vivía al otro lado de la ciudad, un púber en aquel entonces, llegó a la casa de mis tíos. Con el recién llegado, más mi otro primo aficionado a los videojuegos y yo, pasamos la noche en vela viendo películas, comiendo porquería y media y jugando Nintendo. Esa noche mis tíos no se hallaban en casa, por tanto el cuidado de los chicos estaba a mis hombros. Traté de cumplir al pie de la letra las órdenes impartidas por mi tío, a quien muy cariñosamente le llamamos ‘El Gringo’. Sí tío, yo me hago cargo. Vayan tranquilos, fue la promesa que vertí.

La noche fue pasando lentamente, y aunque también me gustaba manipular los mandos alámbricos de la consola de juego, comenzaba a sentir aburrimiento junto con algo de cansancio. Uno de mis primitos, dueño de casa por decirlo, sugirió ver la película ‘El proyecto de la bruja de Blair’. Yo, que ya había gozado de la película, advertí que no era apta para ellos, que quizá se espantarían y no podrían dormir. Pero lejos de hacerme caso, mi primo desenchufó el Nintendo y conectó el VHS, insertó la cinta de video y el film comenzó. Al cabo de veinte minutos mis primos se hallaban con miedo profundo, sus rostros alarmados y desencajados los delataban; se los advertí pero no me hicieron caso. Apagamos el reproductor y comenzamos a ver programas de televisión pero nada, nada podía sacar a mis, en ese entonces, púberos primos del miedo psicótico que se había plantado en sus mentes. Traté de consolarlos diciéndoles que era una película de ficción, algo que no pasó, pero ni mis ruegos los consolaba. Ya rendido y cansado, opté por irme a dormir. Y cuando digo ‘irme a dormir’ me refiero a meterme a la cama, pues en ese momento compartía alcoba con mi primito. Mi primito, el dueño de casa, se le ocurrió una gran idea, una que ayudaría ahuyentar las escenas de la película que no hace mucho acaban de ver. «Y si vemos una porno», dijo. «Mi hermano tiene una película en su cajón», continuó. Yo, como centinela de mis primos les dije que era mala idea, que no era necesario y que si su hermano mayor, que era mayor que yo y que tenía (tiene) el aspecto de luchador en retiro, se enteraba que habían esculcado sus pertenencias, se enojaría. «No se va a molestar porque no le diremos nada. Además está de viaje, regresa mañana». Intenté desalentaros pero fue inútil, pues el otro primito que había llegado de visita, que tenía el aspecto de no matar moscas con esos lentes de medida exagerada por ser casi ciego, se le quitó el miedo de la cara y, apoyándose en la hipótesis del primero, dijo que sí, que vieran la película. Y bueno, siendo dos contra uno, y entre esos dos uno es dueño de casa, no tuve más remedio que aceptar.

Me eché a dormir entre gemidos y berridos de placer que la televisión me obsequiaba gracias a la damisela que se haya copulando con algún galán gringo híper dotado y de abdomen desgrasado. Mis primitos estaban perplejos. Era como si estuvieran visitando ‘Waltdisney’ por primera vez. Sus ojos echaban chispas mientras que en sus rostros se dibujan placer de ver algo para adultos, algo prohibido que ni la mejor niñera de mundo hubiera permitido. ¡Pajeros pendejos! Al día siguiente, domingo, me levanté para acompañar a mi tío al cementerio. Mis tíos maternos solían reunirse en la casa de una de sus hermanas luego de visitar la tumba de los abuelos. Allí se aprovechaba para comer y conversar. Yo estaba ya con otros primos haciendo lo que hacen los primos reunidos, joder. Pero no estaban todos mis primos, entre los que faltaba estaba el primito libidinoso dueño de casa que ideó ver una porno para quitarse de la mente las imágenes del bosque donde corrían los tres pelotudos que eran perseguidos por una bruja. Terminé de almorzar cuando mi tía, la anfitriona de casa, me dijo que tenía una llamada, era mi primito, el ausente.

—Aló…

—Primo, estoy en un problemón — dijo mi primo. Su voz era suave, como no queriendo ser escuchado por nadie. Pero a la vez sonaba angustiada, casi al borde del llanto.

—¿Qué pasó primo? —pregunté.

—Mi hermano describió lo del video. Está furioso.

De inmediato capté lo grave del asunto. Claro, mi primo el mayor, cuyo cuerpo es capaz de amedrentar al más cabrón de los cabrones, estaba molesto porque la niñera de turno, o sea yo, permitió que unos mozalbetes puñeteros vieran una película porno. «La cagada», pensé.

—¿Cómo se enteró? —pregunté de nuevo.

—Es que me quedé dormido y me olvidé de sacar el video y devolverlo al cajón.

—¿Qué te dijo?

—A mi nada. Quiere hablar contigo porque…porque —mi primo comenzó titubear, a masticar cada palabra —porque le dije que fuiste tú quien sacó el video de su cajón y lo puso en el VHS.

—Pero por qué le dijiste que fui yo si yo ni hice nada.

—Es que tú eres recién llegado, primo. A ti no te van a regañar como a mí. Por favor, di que fue tú idea sino me van a castigar—. Fueron las súplicas de mi primito.

Le dije a mi primo que no se preocupara. Que yo me haría responsable. Y en cierta forma lo era, pues si bien mi primito no debió interrumpir en las pertenencias de su hermano mayor, yo no debí dejar que ellos reprodujeran una película para adultos. «A lo mucho me dirá que no debí dejarlos ver una película erótica», me consolé. De regreso a la casa fui recibido por mi pequeño primo. «Primo, recuerda, fue tu idea», fueron las primera palabras que me dijo al oído. Le guiñé el ojo en señal de aceptación y procedí a saludar a los que se hallaban en casa. Para mi sorpresa, mi primo mayor, no estaba. Mi tía sirvió la mesa y todos, a excepción de luchador, tomamos una rica merienda dotada de café, pan, mantequilla, queso y jamón. La charla fue amena y suave, mi tío ponía al día a mi tía de los eventos en el cementerio y de lo rico que había comida en casa de su hermana. Mi primo, que se hallaba sentado a mi derecha, ni pio decía. Sus ojos estaban clavados en la mesa, concentrado, enfocando mirando en mantel blanco con bordes florales que cubría la mesa redonda de la casa. Del luchador, ni sus luces.

Llegó el momento de ir a dormir, pues al día siguiente mi primito tenía clases. Mi primo abrió su ropero, donde se hallaba colgado el poster del gran Rivaldo con la camiseta de Brasil. Se ponía el pijama cuando en eso irrumpió en el cuarto el luchador. Mi primo, el mayor de todos, cuyos brazos eran el triple que los míos y que guardaban una fuerza hercúlea de la cual no quería poner a prueba, había llegado. Nos miró fuertemente a los dos, castigándonos ya con ese rostro duro y frío; sus cejas formaban un solo puente lleno de pelos negros de lo fuerte que tenía el ceño. Caminó hacia mí, y sin quitarme la mirada asesina, ordenó a su hermano menor que saliera del cuarto. Mi primito, ni tonto que fuera, salió raudamente de la alcoba. Me abandonó el muy cabroncillo.

—Tenemos que hablar— me dijo severamente.

—Si tene…

—Calla— me interrumpió—. Mejor dicho, tengo que hablar contigo. Así que tú escuchas, ok.

Asentí con la cabeza.

—Quién chucha te dijo que puedes rebuscar en mis cosas. Quien carajos te crees para agarrar sin mi consentimiento mis objetos privados, ¿ah? —Rugió el grandulón sujeto. Parecía un león rugiendo, juro.

Mi primo luchador en verdad estaba cabreado conmigo. Cuando mi primito me llamó con esa voz de espanto para decirme que me había echado la culpa pensé que exageraba en su temor. Pero no era así, su hermano mayor era un volcán a punto de estallar, y yo estaba por ser víctima de su lava ardiente. No dije nada. Como hombrecito que soy, callé. No dije la verdad, que su hermano menor fue el artífice de todo, que mi único error fue dejarlos ver una película para adultos pero que había una seria justificación para ello. Pero no, había empeñado mi palabra. Soporté con hidalguía todos los epítetos endosados por mi primo luchador. Prefería eso que verme entre sus brazos anchos y poderosos suplicando por mi vida. Mi primo luchador terminó su elocuente cátedra sobre lo que es la propiedad privada y de lo muy caro que se paga a aquel que ose con tocar sus objetos de mayor valor sin su autorización. Luego del bochornoso incidente, y claro, ya no sintiéndome cómodo, mudé de casa. Mudé esperanzado en encontrar tranquilidad y un lugar donde poder seguir estudiando; pasé a vivir con otra de mis tías políticas y sus dos hijos, que también son primos míos, pero la cosa fue peor. Luego de una sería de actos inesperados, resultó que mi tía política me tachó de pajero perpetra cortinas, pero eso, mis queridos, es otra historia.

El tiempo pasó, y como si nada hubiese ocurrido. Mantengo una muy buena amistad con mi primo luchador y con su hermano que, obvio, ya dejó de ser un mozalbete para convertirse es un gigantón que se gana el pan trabajando arduamente en la empresa de mi tío. No sé si en verdad se habrá corrido el rumor o no respecto a lo sucedido ese sábado de verano en que unos primitos míos muertos de miedo por ver una película de terror psicológico, decidieron aplacar sus temores con encendidas escenas carnales. O si mi primito, que ahora es un cabrón que me lleva dos cabezas, se armó de valor y le dijo a su hermano mayor la verdad: que él fue el ideólogo y estratega principal de perpetrar en las cosas privadas de su hermano y no yo. Ha decir verdad no importa, igual la fama que me han cargado propios y extraños, no mengua en nada el hecho sucedido hace ya, muchos ayeres. Sólo quería decirlo, punto: Yo no fui.

Lima, 25 de julio de 2014.

miércoles, 16 de julio de 2014

Ayer





AYER

«Hoy en un sueño te encontré, como un loco te besé y estrenamos nuestro amor…»

Hace años nuestros labios se conocieron y dejaste grabados en ellos tu nombre para toda mi vida. Te sigo soñando, sabiendo, aún, que mía ya no eres.

«Hoy lejos de la realidad conocí la eternidad en un abrazo tuyo…»

Allí, donde tú eres mi reina y yo tu rey, donde el tiempo no existe y el candor de tu cuerpo es mi reino, nos entrelazamos, nos fundimos bajo el fuego vivo que nuestros cuerpos ávidos  y sedientos reclaman. Nos unimos en un mismo ser.  

«Cómo me duele saber que esto es algo que sólo soñé; nos desgarramos de placer…»

El despertar de un nuevo día me avisa que todo fue producto de mi imaginación, que mi corazón pensó en ti, que mis latidos rugieron por alguien que ya no está a mi lado. Que besé con fuerza volcánica tus labios, que mis manos recorrieron un cuerpo ausente pero que obsequia vida a mi existir. La luz del amanecer me trae de vuelta a la realidad. Una realidad que no quiero vivir. Trato de aferrarme a tu imagen, a tu olor, pero el tiempo cruel hace su trabajo. Me destroza.

«Como una promesa quedó, nos juramos lealtad sin testigos; comprometimos el alma…»

La carpa de colores fue nuestro fiel guardián; cómplice de un amor juvenil, casi prohibido a los ojos ajenos. 

«Hoy me doy cuenta que te amé, que mi vida la dejé en un sueño que soñé ayer»

Ayer, al igual que hoy, me doy cuenta en que en verdad amé, que todo puse a tus pies, que volvería pasar este infierno de no tenerte por poder rosar tus labios una y otra vez. Pero todo duele, tu ausencia, tu distancia, tus labios y tu cuerpo cuando me entero que todo fue un sueño, un cruel sueño que me encanta soñar porque sé que ahí, donde el tiempo no manda, mía eres, por toda la eternidad.

 

 Lima, 16 de julio de 2014.

 

martes, 8 de julio de 2014

Y POR SUPUESTO, TODOS FELICES





Una de las cosas más bellas para el ser morboso y fútil es ver como los ‘grandes’ caen derrotados, y son humillados, mejor. Cuando vi el 3-0 a favor de los alemanes supe de inmediato que la ‘red social’ estaría llena de comentarios sobre, lo que es quizá, el peor juego de Brasil. Y no me equivoqué.

Hay, y doy mi vida en ello, quienes harán una fogata esta noche para celebrar,  NO LA VICTORIA ALEMANA, sino la triste derrota de Brasil ¿Es lo mismo? No, no lo es. Lo peor de todo es que esas chungas, gritos y alaridos llenos de una excitación retorcida vendrán de gente latinoamericana; gente que, cobijándose sobre los tristes y pútridos valores de la ‘PASIÓN POR EL BALONPIE’, gozarán con el llanto y la congoja que todo un pueblo, Brasil.

Hoy Brasil ofreció uno de sus peores partidos, y lo peor de todo, para ellos, claro está, es que recibieron una paliza bávara (NO BÁRBARA, OJO) en tiempos donde la tecnología impedirá que lo acontecido hoy sea olvidado por todo el mundo. Otras veces Brasil había sido goleado, pero de ello sólo queda el amarillo y borroso recuerdo que unos periódicos (si es lo que lo hay) pueden ilustrar. Hoy no, hoy hay internet; hay youtube, está el Facebook, y los Smartphone, herramientas, todas ellas, que serán utilizadas para recordar una y otra vez, como si se tratara de un juego maquiavélico,  que Brasil fue esclavizado por el exquisito juego alemán. Algunos dicen que por la ausencia de ‘Neymar’ Brasil no jugó bien; es cierto que un jugador influye en el equipo (SINO MIREN LO QUE HACE MESSI EN LA ARGENTINA), pero el lesionado Neymar no iba a parar el poderío teutón así estuviera al ciento por ciento.

No siendo especialista en la materia, pero si un fiel seguidor del buen fútbol, aunque malo practicándolo (MALÍSIMO, diría yo), me atrevo a decir que lo que pasó con Brasil obedece a dos cosas:

1).- La terca posición del DT carioca de no convocar a jugadores de alto nivel y riqueza futbolística; me refiero por supuesto, a las grandes ausencias como ‘Kaka’, ‘Ronaldinho’ y ‘Robinho’; quienes además de ser tremendos jugadores, tiene la experiencia de haberse curtido la piel en mundiales pasados. La inexperiencia le pasó factura hoy a Brasil. Pero claro, siendo que una de las atracciones principales de Brasil es Neymar y sus exóticos cambios e ‘looks’, no podía convocar a otros tantos grandes que le quitarían flashes y portadas al gran Neymar. Obvio, todo un producto del vendito Marketing.

Y,

2.- El no pasar una eliminatoria. Así es. Brasil por ser anfitrión no participó en las eliminatorias, es decir, no se chocó con Argentina, Uruguay, Chile, Venezuela, Paraguay, Colombia, Ecuador, Bolivia, y, bueno, Perú. Y eso, también le pasó factura. Está comprobado que una de las eliminatorias más exigentes y fuertes es la sudamericana. Por tanto, mientras Perú se enfrentaba a la Argentina, Brasil se medía con algún equipo de no mucha trayectoria en un encuentro ‘amistoso’. Hoy, esa falta de pericia, de encuentro arduo y duro, pasó factura.

Hoy apoyé a Brasil, cada gol dolió como un látigo, pero no sería justo decir que Alemania ganó de suerte o porque Neymar no estaba en la cancha. Sería mezquino dar tal afirmación. Los que gozan de la humillación del hoy caído, ojo, que mañana hay otro encuentro, y quizá, y muy a mi pesar, la historia se repita.

 

Lima, 08 de julio de 2014.

     

miércoles, 18 de junio de 2014

Poemario # 01





Qué ganas de pegarte con el látigo de mi indiferencia, y decirte cuánto te odio, por la ausencia de agallas por no decirte cuánto te amo.

Qué ganas de no haberte conocido para seguir soñándote.

Qué ganas de no verte para desearte más.

Qué ganas de no tener para anhelarte.

Qué ganas de no haberte encontrado para seguir buscándote.

Qué ganas de no haberte soñado para seguir construyéndote y darle rienda suelta a ese sentimiento, el cual deseamos y odiamos a la vez; deseamos por querer, y odiamos por cobardes.

Qué ganas de que te largues para retenerte, y hacerte el amor.

 

 

Lima, 26 de marzo de 2005.

 

Pensar en ti seria como un minuto en el infierno, preguntándome qué hiciste, qué haces, qué harás; si me extrañas, si me piensas, si me quieres, si amas, o peor aún, si estás con otra persona. Pensar en ti sería joderme la mente con preguntas sin respuestas; pensar en ti sería quemarme con las llamas del Hades de mis propios celos.

Pero pensar en ti sería como un minuto el cielo; saber que existes, que estás allí, aunque sea en mi mente, y que en ella nos amamos, nos queremos, nos deseamos. Pensar en ti es volar sin alas, caer y volver a levantarse. Pues pensar en ti quizá se lo mejor que tengo, aunque ya no te tenga.

 

Lima, 30 de marzo de 2005.

 

El amor…aquel sentimiento que nos hace reír, hozar, llorar, crecer, aprender, a tener y perder, pero el amor no hace ver lo débil, cobardes e independientes que llegamos a ser; pues nos aferramos tanto a una persona que al término de una relación solos nos queda el recuerdo, el cruel recuerdo de las cosas tan bellas que pasaron juntas.

El amor…tan cruel y frío como el invierno,

El amor…tan hermoso y cálido como la primavera,

El amor…malgama de sentimientos puros como impuros.

Si no hubiese conocido el amor en ti…no te extrañaría, no me cayeran las lágrimas al pensar en ti, no te anhelaría y desearía que vengas, que me busques, que me encuentres, y que me digas Te amo y que siempre será así.

Pero te conocí…y doy gracias por todo lo bello y lo bueno que fue nuestro amor; gracias por todo, y a ti también…

22 de mayo de 2005.



Perderte, es como perder la ilusión, la alegría, la vida…

Perderte, es como dormir sin soñar, como llorar sin lágrimas. Sería como un futuro incierto, y así de cierto, como que perderte sería perderme yo mismo.

Perderte sería como jurar sin lealtad, como prometer sin cumplir.

Como amar sin amor.

Sin fecha.

 

A veces no te amo, sólo te odio y no sabes el deseo de no haberte conocido nunca, pues era muy feliz sin ti, sin tus besos negados y sin tu exclamación fingida y barata de un supuesto paso por el paraíso.

Era tan feliz sin tu cuerpo, cuerpo que me es irresistible. Nadie como tú para hacerme café. Pero cuando entras a ese mundo lleno de misterios y engaños, me hartas, como cuando haces -según tú- cosas que no afectan, pero pura mierda, solo al ojo duele y tú como si nada, como si lo que hicieras o dijeras fuera perfecto y más aún con tu puta frase de mierda ‘Ya párala, ¿no?’

Te odio y en esos momentos solo quisiera bofetearte, pero ni eso me mereces. Dices que soy egoísta, pura mierda, pues date cuenta de las cosas, ya no me das un beso, te lo robo. Ya no te abrazo, te estorbo. Ya no te acaricio, te toco. Ya no te deseo, es lujuria. Ya no te hago el amor, solo sexo…

¿Amor?, ¿lo hay? O sólo es el temor de estar con alguien por no estar solos, o la simple, burda y patética idea costumbre de ambos…

Cuando te pones así, te aborrezco, y más cuando muestras esa estúpida pose de indiferencia, de ‘realeza’, como su uno te debiera reverencia, hasta por ese beso que se te cae y lo recojo, como ese fingir por un supuesto shock de ese orgasmo; orgasmo tan fingido como el amor que sientes por mí.

No sólo se siente con la piel, también con el corazón, y él no engaña, como lo haces tú, por sólo cumplir.

A veces no te amo, sólo te odio, pero más me odio yo, por odiarte por amor.

A veces no te amo, solo te amo

30 de junio de 2005.

 

 
 
 

 

 

 

 

miércoles, 11 de junio de 2014

115 KG






 

«Hola, mi nombre es lo de menos, tengo treinta y uno de años, soy abogado de profesión, casado, y tengo una enfermedad incurable. Padezco de obesidad»   

Si estuviera en un grupo al estilo ‘AA’ (alcohólicos anónimos) quizá esa hubiese sido mi presentación, mi saludo de bienvenida. Y debería haber agregado: «Y llevo siete años de sin comer chatarra».

No siempre fui el gordito de la familia. No siempre tuve caderas de vedete ni nalgas del tamaño de un poni. Miro fotos del ayer y veo a un niño dotado de salud, no veo a un niño rollizo con cara de papa y papada descomunal –cosa última que nunca tuve, felizmente-. Me veo normal hasta que cumplí nueve años. De pronto comencé a subir de peso, noté que mis pantalones no me cerraban, lo que era peor, a veces ni subían. Comencé a usar tallas que no eran para mi edad, dejé de usar jeans, pues no me gustaba cómo se me veían y no me sentía del todo cómodo conmigo; pero lejos de hacerle frente a mi gordura, me cobijaba en los dulces tentáculos de la comida chatarra.

Buena parte de mi existencia viví con sobrepeso, pero tampoco nunca me había sentido mal por ello. Incómodo sí, pero nada más. Cuando buscábamos una respuesta a mi volumen corporal, siempre se decía que era porque lo había heredado: «Viene de familia» comentaban. Y cierto es que un sector de mi familia son de huesos anchos y piernas bien despachadas, pero una cosa es tener huesos duros y otra cosa es ser gordo.

Yo mismo desconozco el hecho que me llevó a subir de peso de manera alarmante. Lo cierto que es disfrutaba de comer pizzas, tacos de longaniza, hamburguesas doble con queso y sus papitas fritas y, si había espacio, que siempre lo hubo, mi buena dotación de ‘Milkshake’. Como les dije, gran parte viví con sobrepeso. Gracias a ello, fui el centro de atracción de mis ‘amigos’, aquellos que se divertían a expensas de mi peso y talla.

‘Rotoplas’, ‘Siete ombligos’, ‘Ñoño’, ‘Seboso’, ‘Culón’, etcéteras, eran los apodos que mis cuates, mis chocheras, me endosaban todos los días. En mi época era conocido (en México) como «Carrilla» o «Chacota» (en Perú), hoy se le conoce como «Bullying». Así es. Como todo gordito ‘buena onda’, fui víctima del bullying. Yo no le prestaba mucha atención; a decir verdad pocas veces me incomodaban esos sobrenombres. Pero sí hubo veces en que me lastimaban esos cariños retorcidos, y más cuando venían de la persona que admiraba.

Dejé de usar jeans para usar los gloriosos y muy cómodos ‘pantalones cargo’. Fue como encontrar agua en pleno desierto árido. Fueron mi salvación por más de una década. Tenía más de una veintena de ejemplares de distintos colores. Hoy ni uno cuelga en mi ropero.

Cuando cumplí 16 años y regresé a USA, me sentí normal de nuevo. Ver por la calle a mastodontes andar en dos piernas y luego verme en un espejo, me hacía sentir anoréxico (que no lo estaba, claro es). Pese a tener un peso no agradable, no fue obstáculo para poder enamorarme o enamorar alguna fémina. Todo lo contrario. He de decir, con cierto orgullo, que mi peso no fue ningún obstáculo para atraer a mujeres guapas y requeteguapas. Pero por supuesto que me sentía intimidado cuando salíamos por la calle y veíamos al clásico ‘mamilas’ con ropita a lo ‘Slimfit’ con jean hechos a su medida. O cuando íbamos a la playa, no faltaban los ‘Surfees’ con sus pectorales cuadrados y sus abdómenes desprovistos de grasa que presumían unos ‘six packs’ de miedo. Nunca me quitaba el polo.

Si bien no tenía problemas visibles de salud, salvo mi ostentoso trasero de hipopótamo en reposo, nunca me sentí cómodo del todo. Como buen amante de la tela, gustaba de los ternos y las camisas. Me compraba ternos de tres y dos botones. Nunca me quedaban como al sujeto que los modelaba en la portada. Es como cuando vas a la peluquería, miras el catalogo y pides un corte de pelo. En verdad no quieres ése corte de pelo. Quieres verte como el cabrón que lo tiene (Guapo, nariz fina, mandíbula fuerte, orejas parejas, labios de encanto y mirada de niño bien portado. ¡CHALE!). Cada vez que me ponía el pantalón, rezaba porque este subiera. Y cada vez que me ponía el saco, suplicaba que este cerrara. Al verme al espejo veía una botella de culo ancho invertida. ¡Un asco total! Pero eso sí, bien elegante.

A los 17 comencé a vivir sólo. Me dedicaba a estudiar leyes y hacer la tareíta. Mi morada era un cuarto amplio pero vacío de cosas saludables. No tenía refrigeradora y menos una cocina. Mis desayunos eran dos sándwich con jamón y queso más mermelada de fresa encima. Y obvio, mi buena taza de café. Por la tarde, a la hora de almuerzo, mi menú podía ser una pizza de ocho rebanadas, una hamburguesa doble con queso, o medio pollo a la brasa con sus papitas. La cena iba desde repetir el menú de la tarde, hasta comer únicamente ‘Doritos Nachos’ con su gaseosa bien helada. Eso sí, gaseosa light. Digo, había que descuidar la figura.

A mediados del 2007 una tía mía, preocupada por mi peso, me invitó ir al nutricionista. En verdad estaba preocupada por mi talla. Fuimos y el doctor me pesó en su báscula. Tomó apuntes y se sentó tras el escritorio. Mi tía aguardaba la respuesta de manera ansiosa. Yo no.

«115 kilos», dijo el doctor en tono preocupante.

Abrí mis ojos como platos mientras un riachuelo de agua helada surcaba mi espalda. El doctor comenzó una charla sobre los hábitos alimenticios y la sana comida. Me explicó lo siguiente, pues sus palabras se gravaron en mi mente:

«Tienes 115 kilos. Mides 1.71 cm. Deberías pesar 68 kilos, máximo 73 kilos. No lo parece, pues tu volumen no refleja lo que realmente pesas. De hecho no sientes las consecuencias de tu peso porque eres joven. Pero tienes la presión arterial por las nubes. Y en cualquier momento puedes sufrir un paro al corazón por la grasa que rodeada a este órgano (ilustró la imagen con su puño y la palma de su mano). Amigo, tienes obesidad mórbida», sentenció sin endulzar las malas noticias el nutricionista.

Luego de un amargo y sepulcral silencio, le pregunté qué podía hacer al respecto. «Hay dos opciones», dijo. O seguir acumulando peso, o cambiar tu estilo de vida.

Me incliné por lo segundo.

Ordené mi vida alimenticia e hice un juramento conmigo mismo. Me despedí de las comidas rápidas y las porquerías que venden en las tiendas. Le dije adiós a todo lo que me gustaba. Y no me arrepiento.

Los primeros 28 días bajé diez kilos. Mi rostro, mis brazos, mis caderas, mi panza, mis piernas y mis nalgas adelgazaron de inmediato. Ahora pesaba 105 kilos. Pero no era suficiente. Al mes siguiente bajé 8 kg más. Ahora pesaba 98. Tuve que cambiar de ropa de manera alarmante. El sastre de mi cuadra se volvió mi mejor amigo y yo su mejor cliente. Le llevaba pantalón tras pantalón para que le metiera por aquí y por allá. Lo mismo con las camisas. Yo feliz.

Pero seguía sin ser suficiente. Mi meta era los 70 kg que debía pesar según mi altura. Al mes siguiente bajé únicamente 7 kg. La cosa se ponía difícil. Mi organismo ya no respondía con la misma rapidez que las primeras veces. Pero no doblegaría. Dos meses y medios después perdí 11 kg. Pero no era suficiente. Me faltaba bajar otros 9 kg. Pero no los pude bajar. Al menos no de inmediato.

Pero caray, había logrado bajar 36 kg en casi seis meses. Era otra persona distinta a la que inició el tratamiento. Mis amigos se sorprendían al verme, yo me sentía más cómodo que nunca. Luego de casi 17 años volvía a usar un jean en mi vida. Y si bien no me quedaba como al modelo que los presumía, al menos me cerraba. Y eso, era ganancia.

Pero no fue fácil bajar de peso. El nutricionista me dio una dieta balanceada y unas píldoras para controlar la ansiedad. Me dijo claramente que sufro de un trastorno alimenticio, «Y eso no se cura. Se controla», precisó.

Tengo más de cuatro años sin probar una hamburguesa. Hoy no me haría daño comer una, pero no me llama la atención. Tengo más de tres años sin probar una rebana de pizza, tampoco me haría daño, pero no me apetece. Tomó 5 litros de agua diaria. Como tres veces al día. Respeto mis horarios de comida. Ya no hago lo que hacía antes: «Si no tomé desayuno, entonces tengo derecho a almorzar doble. Si no almorcé, entonces tengo derecho a cenar doble». Ahora si por A o B motivo me quedé sin almorzar, ni modo, como una manzana y listo.

Cuando con mi esposa vamos a una cena familiar o algún encuentro y hay comida de por medio, comida que sé me hará mal, me disculpo y declino el plato. «¡Ah la dieta!», dicen, me enchuecan la mirada y siguen su rumbo. Sé que es feo y puede verse como falta de cortesía el no aceptar un plato en una reunión familiar. Pero ‘ellos’ no saben en verdad cuánto tuve que sacrificar y cuánto tengo que seguir sacrificando. Yo no tengo una dieta mágica; yo no vivo de dietas. Yo tengo un nuevo orden alimenticio en mi vida. Simplemente le di frente a la enfermedad que tengo, y no la he vencido, la he controlado.

Cuando amigos y familiares vieron la cantidad de peso que bajé, comenzaron dos cosas. Una, a preguntarme por la dieta mágica. «Pásame tu dieta». Dos, las críticas. «Estás muy delgado. Pareces enfermo»        

En cuanto a la primera: todos me preguntaban sobre la dieta (y a decir verdad, lo siguen haciendo). Otros me preguntaban si me había sometido a alguna operación. Los que me conocieron de robusto se alegraron por mí y mi nueva figura. Los que recién me conocen ni cuenta se dan que era obesito. Y es que debo agradecer que pese a que era un tamalón andante, nunca tuve papada y mis brazos nunca fueron gelatinosos. ¡La libré! 

En cuanto a la segunda: casi toda mi familia, a excepciones de padres y hermanos, la cosa estuvo dividida. Hubo quienes aplaudieron la tenacidad y la decisión de bajar de peso. Pero hubo otro sector filial que lejos de festejar conmigo, lanzaron sus lanzas contra mi nuevo peso. No siendo nutricionistas ni especialistas en la materia, criticaban abiertamente mi actual figura al grado de señalar que estaba enfermo. Lo curioso de todo ello es que daban por cierto que sí estaba enfermo. Tan fue así que en una ocasión llamaron a mi madre, que radica en USA, para contarle que ‘toda la familia’ estaba preocupada «Es que no se ve sano», le dijeron. Alarmaron a mi pobre progenitora.

Es raro. Si daban por cierto que padecía de algún mal, o de algo que me haya consumido la grasa… ¿por qué no se preocuparon por mí directamente, es decir, por qué no se tomaron la molestia de indagar sobre mi salud? Lo chistoso del caso, es que la mayoría que me lanzaba esos adjetivos eran (y son) personas que difícilmente pasarían un examen físico con soltura, y con holgura.

¡Vaya que se mira la paja en el ojo ajeno!

Con ello aprendí que no a todos puedes tenerlos contentos. Hay quienes te criticarán por ser gordo y hay quienes te darán con palo por ser flaco. Lo importante en verdad es que uno mismo se sienta bien.

Bajé de peso por un tema de salud. Y bueno, también porque a los primeros que se los carga la chingada en un desastre natural es a los gorditos, o a los primeros que se saborean los muertos vivientes son a los orondos sujetos,  sino, miren las películas de Zombis. Al primero en engullirse siempre es al entrado en carnes. Me siento bien y me gusto cómo me veo. No soy el papacito del vecindario, ni tengo el abdomen de ‘Gerard Butler’ que tanto encanta a mi cuñada, pero me agrado. La verdad, no hay nada más rico que ir a una tienda de ropa, probarte un jean, que este suba, y  que cierre. Como si te hubiese estado esperando desde que salió de la fábrica.

El camino no ha sido fácil, y aún hoy en día, tras siete años de arduo trabajo, tampoco lo es. No como comida chatarra, pero no significa que no se me antoje; tengo mis debilidades, y son precisamente esas debilidades las que debo tener lejos de mí.

Hoy en día soy una persona que camina a gusto por la calle. La ropa que me gusta es la ropa que me queda. Entreno todos los días en el gym (de 6am a 7am), por las noches hago cardio y quince minutos de abdominales. Corro 5 kilómetros en 30 minutos —para alguien que ha sido operado de la rodilla dos veces, es como ser Usain Bolt—. Mido 1.71 y peso 70 kilos. Hay personas que me piden consejos para bajar de peso y me ruegan por la dieta milagrosa.

Señores, no hay dieta milagrosa. Quieres tener una buena vejez, entonces jubílate desde joven. Hay quienes me tachan de aburrido porque no fumo, no tomo, ni me juergueo como ellos. Cuando lleguemos a viejos (si es que el Todopoderoso lo permite) veremos, entonces, el resultado.

Ahora, si tanto insisten con la dieta…

La mejor dieta para bajar de peso es: LA DISCIPLINA, ACOMPAÑADA DE UNA GRAN FUERZA DE VOLUNTAD.

«Mi nombre muchos ya lo saben. Tengo treinta y uno de años, soy abogado de profesión, casado, y tengo una enfermedad incurable. Padezco de obesidad. La he controlado. Y soy feliz»

 

Lima, 11 de junio de 2014.   

miércoles, 4 de junio de 2014

LA ACTRIZ ASUSTADA, Y EL PAJERO DEL ‘METRO’






Hace unos días un degenerado no tuvo mejor idea que bajarse el cierre y masturbarse a espaldas de señorita que se hallaba en el ‘Metro’ de la ciudad de Lima. La muchacha al darse cuenta de tamaño incidente, decide valientemente hacerle frente al enfermo sujeto. En un determinado paradero de la estación, ambos bajan del transporte público y, gracias a las cámaras de seguridad, se aprecia cómo una chica notoriamente afectada le para el macho al pájaro y le planta dos bofetadas. La gente, que camina como si el reloj los devorase, no se sensibiliza con la menuda mujer y, lejos de prestarle ayuda, siguen su empresa.

¡Indignante!

La acosada mujer no es auxiliada por nadie y el tipo, al ver que nadie más lo increpa, sale como si nada hubiese pasado y sigue con su vida ‘normal’.

Sin embargo la cosa no quedó allí. La mujer en cuestión es una actriz de perfil bajo pero más actriz que muchas de las que adornan nuestra televisión basura; se trata de Magaly Solier, actriz principal de la película peruana ‘La teta asustada’.

Magaly, no conforme con obsequiarle dos soplamocos bien puestos al primitivo acosador, decide ir a la Central de Radio de ‘RPP’; uno de los noticieros radiales (y televisivos) más sintonizados en el Perú. La actriz brinda su manifestación visiblemente afectada. Con lágrimas en los ojos y con la voz quebrada, cuenta a detalle la pesadilla matutina que le tocó vivir. Todos en el set, indignados. Y no era para menos: verla toda fina, delicada, quebradiza, hierbe en la sangre en sólo hecho de imaginarse la porquería que la pobre vivió.

Como era de esperarse, y como es costumbre en nuestro medio comunicador, la noticia sacudió las fibras más delicadas de todos los ciudadanos limeños. Personajes de televisión, de la  política, de las fuerzas policiales, etcétera, brindaron su apoyo a la afectada actriz y repudiaron el acto bajo del enfermo sujeto. También, todos, se pusieron la capa de ‘Superman’ y salieron a las redes sociales para consolar a la desdichada actriz y llenar de insultos y epítetos rojos al cochino y depravado hombre que se masturbó en el Metropolitano.

Lima conmocionó.

Con ayuda de un software ostentoso, la policía pudo identificar —en curioso tiempo record, debo agregar— al puñetero que hasta hace un rato era anónimo. Dieron con su nombre, edad, estatura, domicilio y hasta con la primera carta que le escribió a ‘Papá Noel’ (Sorry, exageré). Al tiempo que daban con el descarriado sujeto, la actriz se encontraba en la Comisaria del sector asentado la denuncia correspondiente. Los flashes, cámaras y reportes asediaban el lugar. ¡Obvio! La actriz que protagonizó la película (‘La teta asustada’) que nos llevó a ser nominados al «Oscar» había sido víctima de un enfermo sexual que no dudó ni un segundo en bajarse el cierre y autocomplacerse a expensas de la actriz.

¡ESTO ES NOTICIA!

Luego, el portavoz de la comisaria, un sujeto con cara de puñete, bigote espeso, corte militar y con panza de orangután viejo, enfatiza y asegura a la población que lo ocurrido con quedará impune, que caerá sobe el individuo todo el peso de la ley. «Y a las damas se les recomienda no callar cuando son víctimas de acoso sexual. Denuncien que la policía está para protegerlas», sentenció el barrigón que presumía varias insignias multicolores en su traje de oficial.

¡BRAVO, LA POLICÍA SÍ QUE ES NUESTRA AMIGA!

O al menos eso te enseñan en el colegio.

Pero dato curioso, y que fuera proporcionado por las fuerzas del orden, el sucio sujeto había sido denunciados tiempo atrás por el mismo hecho: acoso sexual. ¿La agraviada? Una mujer común y corriente, de perfil bajo y (seguramente) sin ningún apellido europeo o con contactos en las altas esferas políticas y televisivas. ¿Entonces, dónde está la policía? ¿Por qué la denuncia no fue derivada al Ministerio Público? Y si fue derivada a la Fiscalía…¿Por qué está libre el chaquetín urbano?

Suena a chiste cuando la policía te dice que debes denunciar la agresión o cualquier acto de violencia ya que ellos estarán ahí para protegerte. Así como la chica anónima denunció al mismo sujeto que hace unos días acosó a la nombrada actriz, hay miles de mujeres (y hasta varones) que pasan por lo mismo, pero que su caso no revestí mayor importancia porque son unos NN, y como son unos ‘donnadie’, pues no atraen la atención que la policía desea. Entonces al no tener la atención que buscan, no actúan como deben hacerlo porque nadie se los aplaudirá.

 ¡VAYA AMIGA POLICÍA QUE TENEMOS!

Por supuesto que es reprochable lo hecho por el enfermo, es una pena que Magaly Solier, así como cualquier mujer, haya pasado por un acontecimiento tan bajo y ruin, como es la de ser acosadas sexualmente. Pero es más reprochable todavía que vivamos en una sociedad miserable donde nadie te brinda la mano, pues NADIE ayudó a la actriz cuando ella se enfrentó a su agresor, todos pasaron de largo. Pero es asqueroso, aún más, que cierto barrigón salga a la televisión y te invite a denunciar las agresiones propinadas, cuando ellos mismos son lo que permiten que esos ‘agresores’ estén libres como si nada hubiese pasado. Tener una policía inoperante, incompetente, que sólo espera que algún hijo de Ministro, Congresista o algún renombrado actor o actriz haya sido ultrajado para recién actuar, es una porquería tan o igual de repudiable como el pajero que atacó a la actriz Magaly Solier.
 

¡APESTA!


   Lima, 04 de junio de 2014.

miércoles, 28 de mayo de 2014

KITT, NUESTRO AUTO FANTÁSTICO


 

 

Hace unos días mi pequeña sobrina me preguntó por qué había escogido la carrera de leyes como profesión. Una pequeña de apenas nueve años de edad, de carita angelical y cabellos largos como lianas, me puso la piel de gallina con la interrogante. Al principio vacilé y conjugué miles de respuestas (todas, quizá, acertadas), pero que ninguna hubiera obedecido a la verdad; al menos en primera instancia.

Se me ocurrió responderle: porque me gusta actuar con arreglo a ley; respetando las normas judiciales y sociales que moldean nuestra vida. Pero hubiese puesto a mi sobrina en la luna con términos poco comprensibles para su edad. Luego, tratando de responderle, pensé en decirle la verdad: Que no sabía el por qué.

Pero tampoco le dije eso.

Atiné a mirar a un punto medio, reflexioné la repuesta varias veces en la cabeza sin poder cuajar una que sea lo suficientemente sólida y además dulce para que una nena que aún se divierte cantando ‘La gallina Turuleca’ se vaya tranquilita a la cama. Estaba por abrir la boca y responderle cuando fui atajado por ella.

—Yo sé. Es porque te gusta usar corbata— dijo con una enorme sonrisa cristalina, al tiempo que sus disimulados pómulos eran asaltados por un color rosa confeti.

«Estás en lo cierto», le dije. Me dio un beso en la mejilla y se fue a hacerle compañía a su abuela, que se hallaba disfrutando cierta novela brasileña.

Pero le mentí a la nena. Cierto es que tengo debilidad por las corbatas y demás accesorios propios de los jurisconsultos, pero ello no era el verdadero motivo del porqué estudié leyes. Tampoco lo es (del todo) que me gusta dirigirme en la vida respetando los mandatos de otros simplemente porque así creen en ellos que debemos vivir. ¡Sino qué chiste! Pues a veces ‘la verdadera pimienta de la vida se halla en quebrantar las reglas’.

Me fui a la cama con la pregunta de mi sobrina flotando en mí alrededor. ¡Vaya que le peque me puso en jaque! Al poner la fría sábana sobre mis piernas tuve de inmediato la imagen de lo que me había hecho estudiar leyes y no literatura: Un auto color azul acero cuyo hocico emulaba una lancha acuática.

Fue el primer auto que nuestra familia, a base de punche, esfuerzo y ciertos sacrificios, compró en México.

Yo tenía apenas siete años. Pero recuerdo claramente cuando papá llegó al cuarto de hotel con una enorme sonrisa dibujada en su rostro. Entró, juntó a mi mamá, a mi hermana y a mí y dijo con luz renaciente en sus ojo: ‘¡Familia, ya tenemos auto!’ Hubo abrazos y felicitaciones. Por fin la familia dejaría de trasladarse en bus a los demás pueblos donde el circo presentaría su show.

Al bajar a la puerta del hotel, un auto azul acero de cuatro puertas y asientos de cuero aguardaba por nosotros. No era nuevo, pero como si lo fuera. Aún tengo esa fragancia de pino campestre mentida en mi nariz: era el aroma que acaricia el auto, nuestro auto. Mi hermana y yo nos acomodamos en la parte trasera, nos pusimos los cinturones de seguridad, papá encendió el auto —este rugió con furia romántica— y puso en marcha el móvil mientras nos preguntaba: «¡¿Quieren ir al centro por un helado?!»

«¡Sí!», fue la respuesta sonora y uniforme que recibió papá.

Mamá prendió la radio y un cantante interpretaba una melodiosa canción de amor, o quizá de desamor, donde ‘doce rosas’ eran las protagonistas.

«Kitt», como lo habíamos bautizado, en honor a ‘Kitt, el auto fantástico’, se volvió nuestro orgullo, nuestro consentido, nuestro bebé de cuatro llantas. Además de movilizarnos de un lado al otro, Kitt era como un parque de diversiones para mí y mi hermana. En la parte trasera poníamos a prueba nuestra creatividad de inventar juegos que se limitaran al espacio del auto. En verdad que un sueño ese auto.

Pero como todos sabemos la cruda realidad, los sueños son sólo eso: «fantasías del hombre que el propio hombre se encarga de destrozar».

El ‘Circo de Capulina’ llegó a la ciudad de Querétaro. Mamá era la encargada de buscar alojamiento en los hoteles cercanos al circo mientras papá, que era trapecista, se quedaba en el circo a poner su herramienta de trabajo. No recuerdo la fecha exacta, pero recuerdo que era un día muy soleado pero que caprichosamente corría viento helado. Mamá consiguió cuarto en un hotel de cuatro estrellas no muy lejos del circo. Tenía piscina, jacuzzi, frigo bar y, lo más importante y vital para unos mocosos, con cable para poder disfrutar «Cartoon Network»

Papá llegó al hotel en Kitt. Subió al cuarto y le dijo a mamá que tendría que llevar a un compañero de circo a la central de buses; pues tenía que viajar a la Ciudad de México ya mismo y como no tenía quien lo lleve, se lo pidió de favor. Papá se echó un duchazo en menos de lo que canta el gallo, se arregló y salió como ‘alma de Judas’ del cuarto. No llevó chamarra ni chompa que lo protegiera del gélido viento. Mamá se puso a ordenar la habitación mientras que mi hermana veía ‘Don Gato y su Pandilla’. Yo, que era un glotón de primera, bajé a la recepción donde se hallaba la máquina dispensadora de productos chatarreros en los que se encontraban una de mis galletas favoritas: Polvorones. Inserté las monedas que la máquina me pedía y tecleé el código que me permitiría endulzar mi paladar y ensuciar mis dedos con ese polvito azucarado que tanto me fascinaba.

El paquete cayó a los pies de la dispensadora. Lo cogí y lo abrí. Su olor hizo que mi boca se llenara de agua. Las saboreé sin siquiera tocarlas. Eran cuatro rodajas llenas de calorías que calentarían mi fría tarde mientras disfrutaba de mi canal favorito.

Pulsé el botón del ascensor cuando un joven gritó mi nombre a lo lejos; se trataba del amigo de papá, al que llevaría a la central de buses. Al voltear lo veo con cara llena de preocupaciones, con ojos saltones y los labios secos. «¿Tú mamá…, tú mamá dónde está?», preguntó muy alterado y con un cansancio notorio. «En el cuarto 407», respondí. No esperó que el ascensor llegara al piso. Atajó su camino por las escaleras y desapareció.

Cuando llegué a la habitación mamá se hallaba rebuscando los cajones del cuarto, los pantalones de papá, las casacas (chamarras), todo. El joven, que era un domador de focas, aguardaba en la puerta de la habitación con una cara no muy distinta con la que me topé hacia minutos. «Hijo, has visto la licencia de papá», me preguntó con una voz cortada y temerosa. Le respondí que no, que no había visto la licencia de papá. Le pregunté qué pasaba. «Han detenido a papá y sólo llevaba su pasaporte pero no su licencia. Parece ser que la ha olvidado en una de sus chaquetas. Pero no sé dónde», explicó mamá. «Nos detuvieron a ocho cuadras del hotel. Según el policía es de rutina. Puro cuento. Le vieron la placa del auto que dice ‘DF’ (Distrito Federal) y le pidieron que se esquinara, luego los papeles del auto, luego su licencia, y es allí donde se dio cuenta que no llevaba la licencia consigo. Le explicamos que somos del circo, que sí tiene la licencia, que seguro está en una chamarra, que nos esperen. El problema es que el Policía se dio cuenta que tu papá no es mexicano, y ya sabes cómo son con los extranjeros. Me han dado quince minutos para regresar con la licencia, sino, decomisan el auto», agregó, entre jadeos e hipos producto de la fatiga de subir cuatro pisos, el domador de focas.

Cuando por fin dimos con la licencia, ya era muy tarde. Papá la había olvidado en el circo, en el bolsillo del mameluco que usaba para poner su herramienta. El domador perdió el bus, y nosotros el auto. Acompañé a mamá a la Delegación (Comisaria) y, luego de hablar con varios barrigones de mostachos apretados, pasamos a hablar con el ‘más más’ de los Oficiales. Era un sujeto alto y fornido con ínfulas de ‘perdona vidas’. Nos explicó que, lo hecho papá, era un delito Estatal y Federal, una violación de transito que se castiga con la pena privativa de la libertad. «Y el hecho se agrava cuando el infracto es extranjero, señora», precisó el ‘más más’ abriendo sus ojos pequeños y negros como canicas. Nos llenó de palabrería inteligible. Que teníamos que seguir un trámite, y una serie de actos con términos tan ambiguos que sólo atinamos a vernos mi madre y yo con una enorme expresión de ‘¿What?’ en la cara.

El circo estuvo únicamente tres días en Querétaro (viernes, sábado y domingo). «Y los fines de semana no atendemos estos asuntitos», chirrió el Oficial. Era la primera vez que nos veíamos metido en temas legales, nos sentíamos entrampados, acorraladas. Una tristeza fría nos cobijó todas las noches que estuvimos en esa ciudad sin poder hacer nada por Kitt.

El día lunes el circo se mudada a la ciudad de Guadalajara. Nos entró un estado de pánico. Nos teníamos que ir sí o sí de Querétaro ese mismo lunes, pues el viaje era largo. Ni modo, nos fuimos en bus. Antes de ello volvimos a la Comisaría y hablamos con el ‘más más’. Le explicamos lo delicada de nuestra situación y le indicamos que, en diez días, que era la fecha en que el circo estaría en Celaya, cerca de Querétaro, volveríamos por Kitt. «No se preocupen; aquí se lo cuidamos». Y nos fuimos, intranquilos, pero ansiosos de que el tiempo volara.

A la fecha, regresamos por Kitt. Fuimos al depósito vehicular, que estaba a la espalda de la Delegación, pero no vimos por ningún lado a nuestro auto. Preocupados, fuimos cual rayo a hablar con el ‘más más’. No estaba. Andaba en una diligencia y no tenía hora exacta de regreso, nos ilustró un subalterno, un joven de buenos modales. Raro en los Oficiales. En frente de la Comisaría se hallaba una taquería. Aprovechando la hora pasamos a almorzar. No fue hasta que hicimos los pedidos culinarios cuando vimos que un auto azul acero con hocico de lancha acuática aparcó en la Delegación. Era Kitt. Pero qué hacía conduciéndolo un señor de canas plateadas y vestido de vaqueros con camisa safari si él no era el dueño.

Dejamos los tacos a medio probar, pagamos la cuenta y fuimos corriendo hasta el impostor conductor. «Señor. Disculpe usted, pero ese es nuestro auto», lo atajó mamá. Pero el don nos miró como a bichos raros. Nos escaneó de pies a cabeza. «No sé de qué hablan», refirió el indeseable sujeto. «El auto es mío. Me lo gané en una rifa». Lo dicho por el canoso nos cayó como un balde con agua fría. Nuestro Kitt ahora era dueño de un ser con panza de burro y bigote bicolor, quien además apestaba a tabaco. Se limitó a decir que cualquier queja, habláramos con el ‘más más’. Lo acompañamos cual sombra hasta entrar a la Delegación; allí le pedimos al joven servicial que nos atendió hacía unas horas, que en el acto se comunicara (por radio) con el ‘más más’. Éste, al saber que nos hallábamos el Camisería junto con el intruso conductor, llegó en menos de diez minutos. Al vernos abrió los ojos como plato y se apoderó de él un temblor al hablar.

Mamá lo increpó e ilustró con las manos qué tan indignada estaba. El señor de vaqueros y panza de asno nos miraba distante y sin muestras de incomodidad. El ‘más más’ nos invitó a su oficina, una mugre mazmorra de paredes peladas que además apestaba a rancio. «Tome asiento». «Así estoy bien», gruño mamá, con las manos en equis.

«Sucede, doña, y es que no sé cómo decírselo, que hubo un detalle que omití decirle el día que vino —tomó una bocanada de aire, miró a los costados, y continuó:— Pasa que cada año se sortean los vehículos que son capturados y no reclamados legalmente por sus dueños. Yo no formo parte del comité que realiza esas gestiones —trató de disculparse haciendo aniñada su voz cavernosa—, pero cuando me enteré que su auto ya había sido sorteado, fue demasiado tarde. Lo siento»

Hubo un silencio largo y frío que de rato en rato era curtido por el chirrido irritante  del ventilador que prendía en una de las esquinas hongueadas y polvorientas de ese lúgubre lugar. 

Mamá lo fulminaba con su mirada. Yo sentía impotencia de no poder hacer nada. ¡Qué tanto podría haber hecho un escuincle regordete como yo en ese momento! Mamá señaló al sujeto detrás del escritorio y le indicó con furia desmedida que todo eso era una porquería, que no estaba dispuesta a recibir disculpas ni lastimas de nadie, que quería el auto ya. «O pondré una denuncia por corrupción contra todos ustedes», amenazó.

El Oficial se puse de pie, estiró su trompa seca, y dijo con cierto tufillo a rabia:

«Señora. El auto ha sido trasferido con todas las de la ley, y contra ello, yo, no puedo hacer nada. Y en cuanto a su denuncia. Bueno, no puedo evitar tal cosa. Está en su derecho. Sin embargo me temo que me veré obligado a desarchivar el expedientillo que se le abrió a su esposo por manejar sin licencia de conducir, arrestarlo, y ponerlo a disposición del Ministerio Público. ¡Ah! Y oficiar a Migraciones, ya que si su esposo resulta culpable, será deportado con toda su familia», escupió el ‘más más’ con una media sonrisa burlona en su jeta rechoncha.

Mamá me tomó fuertemente del brazo y, escupiendo flamas como la boca del inferno, salimos raudamente del lugar.

Tiempo después nos enteramos que al señor que le habían adjudicado a Kitt, era suegro del ‘más más´ de la Comisaria. Que efectivamente existía el sorteo de los autos incautados, pero que ello sucedía luego de cinco años de no lograr recuperar el auto los respectivos dueños. Luego, también, nos enteramos que el Oficial que atajó a papá ese día que no portaba la licencia, únicamente debió levantarle una papeleta con infracción (grave infracción, según las Reglas de Transito) mas no así capturar el vehículo.

Han pasado más de veintitrés desde entonces, y aún recuerdo con alegría (y se me humedecen los ojos, juro) ese día en el que papá entró al cuarto de hotel presumiendo nuestra primera conquista en tierra azteca. Llevo en mi corazón esos viajes largos que mi hermana y yo disfrutábamos en la parte trasera de Kitt jugando a las adivinanzas o ‘manitas calientes’. Clavada está en mi memoria a esos oficiales oportunistas que se burlaron de nosotros por ignorar lo que todo hombre —nacional o extranjero— debe saber  respecto de sus derechos civiles.  

Salimos de la Delegación con una pena tremenda sobre nuestro ser. Kitt nos miraba y nos decía ‘adiós’. Mamá con lágrimas en los ojos me dijo que volveríamos por nuestro auto fantástico.

Jamás regresó a nosotros.

Lima, 28 de mayo de 2014.